Lectura: Juan 7:37-39

Hace algunos años me deshidraté mientras viajábamos a un lugar muy caliente, y créanme, no quiero que se repita.  En esa ocasión la temperatura subió a más de 45ºC de temperatura y la humedad relativa superaba el 90%.  Tuve mareos, me desorienté, se me nubló la visión, y varios síntomas más.  Esto me hizo entender que el agua es vital para mi bienestar.

Esta experiencia con la deshidratación me permite apreciar mejor la invitación de Jesús: “… Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37). Su declaración fue muy radical; en particular, considerando el momento cuando lo dijo.

Juan nos comenta que era “el último y gran día de la fiesta” (v.37), la conmemoración anual de la peregrinación de Israel en el desierto, que concluía con una ceremonia en la que se derramaba agua por los escalones del templo, con el fin de recordar la provisión divina a los peregrinos sedientos. En ese instante, Jesús se puso en pie y proclamó que Él es el agua que todos necesitamos desesperadamente.

Entonces, no podemos olvidar que para nuestro bienestar espiritual es vital que vivamos con una verdadera necesidad de Cristo, hablando con Él y dependiendo de su sabiduría. Por lo tanto, mantente conectado con Jesús y acude a Él por el agua viva.

  1. ¡Sólo Dios puede satisfacer la sed de tu alma!
  2. Debemos anhelar día a día beber del agua viva que encontramos en la oración, en su Palabra y en nuestros tiempos a solas con Él (v.38).

HG/MD

“Pero en el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso de pie y alzó la voz diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).