Lectura: Romanos 4:13-18
Hace algunos años el tema principal de una conferencia cristiana se centró en la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de las demás religiones del mundo?
Algunos de los participantes argumentaron que el cristianismo es único porque enseña que Dios se hizo hombre. No obstante, algunos objetaron diciendo que otras religiones enseñan doctrinas bastante similares. Entonces el moderador preguntó: ¿Y la resurrección? ¡No! – dijeron algunos – ¡otras religiones creen que los muertos resucitan! A partir de ese punto el debate se volvió muy vehemente.
En ese momento llegó a la conferencia el célebre escritor y firme defensor del cristianismo C.S. Lewis quien vivió durante los años de 1898 a 1963. Cuando ingresó al evento se percató de que sucedía algo, entonces se sentó y preguntó: “¿A qué se debe todo este alboroto?” Cuando se enteró de que todo aquello se trataba de un debate acerca de la singularidad del cristianismo, de inmediato comentó: “Ah, pero es muy fácil. ¡Es la gracia!”.
Por supuesto que sí, ¡cuánta razón tenía C.S. Lewis! El corazón mismo del evangelio es la suprema verdad de que Dios nos acepta sin ningún tipo de condición cuando ponemos nuestra confianza en el sacrificio expiatorio de su Hijo encarnado. A pesar de que somos pecadores irremediables, en su gracia Dios nos perdona totalmente.
Es por su gracia infinita que somos salvos, no por nuestro carácter moral, por las obras de justicia que hagamos, ni porque guardemos rigurosamente los mandamientos o asistamos a una determinada iglesia. Por supuesto, no estamos diciendo que llevar una vida agradable ante Dios no sea bueno o tenga sentido, de hecho, Él quiere que vayamos por caminos rectos; sin embargo, con respecto al tema de la salvación, cuando aceptamos el perdón completo de Dios recibimos la garantía de la vida eterna tal y como aprendemos en Tito 3:4-7.
Puntos para la reflexión:
- La gracia significa que nosotros, quienes no merecemos nada, recibamos todo.
- Recibir la vida eterna no depende de las cosas buenas que podamos hacer nosotros, sino de aceptar el regalo de salvación que Cristo Jesús nos ofrece, tal como lo afirma segunda de Timoteo 1:9.
Versículo para memorizar:
“Fue él quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento, no conforme a nuestras obras sino conforme a su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo”. – 2 Timoteo 1:9 – RVA15.
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Este devocional forma parte de la serie: Paso a Paso con Dios.





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