Lectura: Jeremías 26:1-16

Los mensajes de juicio en una era marcada por la extrema tolerancia hacia todo tipo de cosas, son tan bienvenidos como una lluvia torrencial en la celebración de una boda al aire libre.

Eso no es nada nuevo, pues lo mismo sucedía en los tiempos de Jeremías.  En aquel momento Dios le dijo al profeta que, literalmente se colocara en las puertas del templo y empezara a hablarle al pueblo sobre sus pecados de forma directa.  Jeremías les dijo a los habitantes de Jerusalén, que vendría destrucción sobre ellos sino se arrepentían de sus pecados y seguían los caminos de Dios.

No obstante, la reacción del pueblo fue terrible y lo amenazaron de la siguiente forma: “Irremisiblemente morirás” (Jeremías 26:8).  Jeremías puso su vida en peligro, por atreverse a decir la verdad.

Al profeta no le importaron las amenazas, pues repitió su advertencia.  Ante esta segunda advertencia, el pueblo y los príncipes del pueblo le dijeron a los sacerdotes y falsos maestros: “Este hombre no merece la pena de muerte, porque ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios” (Jeremías 26:16).

De este pasaje de las Escrituras aprendemos en primera instancia que, los que necesitan ser advertidos no recibirán nunca con entusiasmo un llamado al arrepentimiento para cambiar sus hábitos equivocados.  En segundo término, que debemos tomar muy en serio las advertencias, más aún si tienen su fundamento en la Palabra de Dios; es imperativo que confiemos en Él ya que siempre tiene la razón.

  1. ¿Conoces a alguna persona que está teniendo problemas porque ha tomado malas decisiones?  Quizás necesitas hacer lo difícil, pide dirección a Dios y con amor advierte a esa persona sobre las consecuencias de su mal accionar.
  2. En ocasiones, el amor debe provocar un poco de sufrimiento antes de poder ayudar.

HG/MD

“Sepan que el que haga volver al pecador del error de su camino salvará su vida de la muerte y cubrirá una multitud de pecados” (Santiago 5:20).