Lectura: Salmo 70:1-5

Era muy temprano en la mañana de un día de verano, Sam de 10 años se había levantando temprano pues debía asistir a su práctica deportiva, así que se sentó a la mesa y mientras pensaba en lo bien que lo iba a pasar ese día, comenzó a ver a su mamá quien preparaba el desayuno.

De repente, la grasa del sartén donde ella freía unos huevos, alzó en llamas, estas eran brillantes y centellantes como queriendo buscar algo que quemar, su madre corrió hacia donde tenía sus utensilios tratando de encontrar una tapa para extinguir el fuego.

La reacción del muchacho fue un tímido: “¡Socorro!” y lo siguiente que dijo: “¡Ojalá fuera la hora de orar!”; su madre volvió a verlo con una leve sonrisa en sus labios mientras ahogaba las llamas de sartén.  En sus adentros pensó, “¿Ojalá fuera la hora de orar?, necesitamos conversar sobre cuándo es el momento de orar”.

Por supuesto que la hora de orar es en cualquier momento, y además es muy lógico hacerlo cuando enfrentamos un momento de crisis.  Las preocupaciones, la ansiedad, el no saber que hacer, son momentos en los cuales debemos orar, tal como lo hizo David cuando escribió lo siguiente: “¡Ten a bien, oh Dios, librarme! ¡Oh Señor, apresúrate a socorrerme!” (Salmo 70:1).

Orar debe ser una acción natural e intuitiva para el creyente como lo es respirar o mantener la respiración cuando se encuentra debajo del agua.  Hablar con Dios, debe ser muy normal para nosotros, ya que es la única manera de comunicarnos efectivamente con nuestro Creador y Señor.

  1. Las palabras “¡Socorro, Señor!” no deben usarse nada más para las crisis, sino que deben formar parte de las oraciones del día a día.
  2. Habla cada día con Dios, verás los resultados en pocos días.

HG/MD

“Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan. Digan siempre los que aman tu salvación: “¡Dios sea engrandecido!” (Salmos 70:4).