Lectura: Gálatas 4:1-7

Creo que a la gran mayoría les gusta mucho esta época, cuando recordamos y celebramos el nacimiento de Cristo; el significado y la grandeza de este acontecimiento, deben hacernos sentir un gozo que nos invada y una disposición para comunicarles a otros la importancia de que Jesús, Dios mismo, hubiera venido y vivido como uno de nosotros.

No obstante, en los últimos tiempos esta época también llega acompañada de una gran agitación, ya que los artículos navideños aparecen cada vez más temprano, anticipándose varios meses.  Antes se limitaba a diciembre, pero, ahora, a principios de noviembre ya escuchamos música de Navidad en las radios, las tiendas empiezan a publicitar ofertas especiales en octubre, y las golosinas típicas comienzan a aparecer a finales de septiembre.

Si nos descuidamos, este creciente aluvión publicitario puede adormecernos e incluso, hacernos perder el sabor de lo que debería ser un tiempo de gratitud y reconocimiento.

Cuando empieza a invadirme el consumismo, trato de forzarme a recordar que Natividad se trata de quién es Jesús y de por qué vino. Recuerdo su amor y la gracia de un Dios perdonador que envió a su hijo para rescatarnos.

Traigo a mi mente que, en definitiva, solo importa un regalo: el “don inefable de Dios” que no se puede explicar con palabras (2 Corintios 9:15). Recuerdo que la salvación que Cristo vino a dar es por mucho el mejor de los regalos; como el dador de ese regalo se dio así mismo todo envuelto en un solo paquete.

  1. Jesús es nuestra vida durante todo el año, y Él es la máxima maravilla, así que: ¡Venid y adoremos!
  2. El mejor de los regalos es la vida que nos brinda Jesús gracias a su sacrificio en la cruz.

HG/MD

“¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).