Lectura: Juan 7:37-44

Justo debajo del pico nevado del Monte Shasta, cerca de la cabecera del Río Sacramento en California, un manantial subterráneo de aguas frías como el hielo sale a borbotones de la ladera de un acantilado. Mi hermano, que solía vivir allí, dice que las personas acuden en masa a aquel lugar para llenar sus jarras con el refrescante líquido.

El agua apaga nuestra sed y sustenta nuestra vida. En las Escrituras, el agua sirve como una ilustración en palabras de la suficiencia del Espíritu Santo. Cuando Jesús vivía en este mundo, durante la Fiesta de los Tabernáculos, un coro cantaba mientras que un sacerdote llenaba un jarro de oro con agua y lo vaciaba. Esto les recordaba a todos los presentes sobre el agua que salía a borbotones de la roca durante el deambular del pueblo de Dios en el desierto (Núm. 20:8-11).

Mientras tenía lugar este ritual, Jesús se puso de pie y dijo en voz alta: “El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva’” (Juan 7:38). Estos ríos son el Espíritu Santo, quien es como una fuente de satisfacción (7:39). Anteriormente, el Señor había hecho la prometedora afirmación de que el creyente tendría una fuente continua de refrigerio espiritual (4:14).

  1. ¿Tienes sed hoy? Confiesa tu pecado y Cristo te llenará con Su Espíritu.
  2. Al someterte a Su voluntad, Él, por Su gracia, te llenará del agua viva que brota para vida eterna.

NPD/HDF