Lectura: Filipenses 4:1-7

El escritor A.B. Simpson contó de un granjero que araba en su terreno año tras año alrededor de una gran piedra. Varias veces la había golpeado e inclusive en muchas ocasiones rompió algunas rejas de su arado. Cada vez que veía ese obstáculo, se quejaba de los muchos problemas que le había ocasionado a través de los años.

Un día decidió desenterrarla y acabar con el problema. Al colocar una palanca por debajo de uno de los lados halló para su sorpresa que la piedra tenía un espesor de tan sólo unos 30 centímetros. Al poco rato la había arrancado y la había colocado en su camioneta. Se sonrió al pensar cuánta frustración innecesaria le había causado aquella piedra.

No todos los problemas se pueden eliminar tan fácilmente como aquella piedra, pero la oración es una manera eficaz de manejar las dificultades de todos los tamaños. Pablo nos dijo que usásemos la oración en todas las situaciones (Fil.4:6).

A veces cuando oramos. Dios disipa la dificultad con la facilidad que el sol deshace la niebla en la mañana. Otras veces nos muestra que nuestro problema es mucho menor de lo habíamos pensado. Sin embargo, algunos obstáculos son inamovibles y tenemos que aprender a vivir con ellos. La oración se convierte, entonces, en el canal a través del cual fluyen la sabiduría de Dios, la fortaleza y la paciencia; tal como el mismo Pablo lo experimentó y lo escribió para nosotros: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Cor. 12:9)

Utilizar la eficiencia de la oración en nuestros problemas puede impedir que nos convirtamos en víctimas de la ansiedad.

  1. La oración ferviente disipa la ansiedad, debido a que depositamos la situación que enfrentamos, ante la voluntad del Señor.
  1. Y tú, ¿ya hablaste con Dios hoy?

NPD/DJD