Este devocional forma parte de la serie: Más que un Libro.
Lectura: 2 Pedro 3:14-18
En el año 367 después de Cristo, Atanasio de Alejandría escribió una carta pascual en la que enumeró los mismos veintisiete libros que hoy forman el Nuevo Testamento protestante. Ese dato es importante, pero puede ser malinterpretado si pensamos que en ese momento alguien “inventó” el Nuevo Testamento. La lista de Atanasio fue un hito dentro de un proceso anterior de lectura, circulación, uso y reconocimiento de escritos apostólicos en las iglesias.
Mucho antes de esa carta, el propio Nuevo Testamento ya ofrecía señales de que ciertos escritos apostólicos circulaban con una autoridad especial. Pedro menciona las epístolas de Pablo y advierte que algunos las tuercen “como lo hacen también con las otras Escrituras”. La frase muestra que, en una etapa muy temprana, escritos apostólicos estaban siendo colocados en una categoría de peso doctrinal que no se trataba como cualquier correspondencia.
La formación del canon del Nuevo Testamento incluyó discusiones, diferencias regionales y preguntas acerca de algunos libros. Reconocer esa historia no debería asustarnos. La fe cristiana no necesita una versión simplificada del pasado. Al contrario, podemos ver cómo las iglesias distinguieron progresivamente entre textos apostólicos recibidos ampliamente y otros escritos cristianos útiles, pero no canónicos. La autoridad no nació de una reunión posterior; la iglesia buscó reconocer los escritos que daban testimonio fiel de Cristo y de la enseñanza apostólica.
Pedro, sin embargo, lleva el tema a algo muy práctico: una Escritura reconocida también puede ser torcida. Tener el libro correcto no garantiza una interpretación correcta. Podemos usar versículos para defender nuestra opinión, alimentar una discusión o justificar una conducta. El respeto por el canon debe ir acompañado por respeto al sentido del texto. La pregunta no es solamente “¿Está en la Biblia?”, sino también “¿Estoy entendiendo fielmente lo que este pasaje realmente dice?”.
La confianza en el canon y la humildad interpretativa deben caminar juntas. Podemos estar convencidos de que Dios ha dado su Palabra y aun reconocer que nosotros no somos infalibles al interpretarla. Esa diferencia es esencial. Nos permite sostener convicciones firmes sin convertir cada conclusión personal en una prueba de espiritualidad. Cuando creyentes fieles discrepan en un punto secundario, la respuesta no es relativizar la verdad, sino volver juntos al texto, distinguir lo central de lo discutible y seguir estudiando con paciencia.
Conclusión. Dios preservó para la iglesia un testimonio apostólico confiable. Nuestra responsabilidad es recibirlo sin manipularlo para que diga lo que queremos oír.
Puntos para la reflexión
- Cuando encuentres un versículo muy citado, lee el párrafo o capítulo completo antes de usarlo para sostener una idea.
- Practica decir “no sé todavía” cuando un pasaje sea difícil, y dedica tiempo a estudiarlo antes de formarte una conclusión.
Versículo para memorizar: “Él habla de estas cosas en todas sus epístolas, en las cuales hay algunas cosas difíciles de entender que los indoctos e inconstantes tuercen, como lo hacen también con las otras Escrituras para su propia destrucción” 2 Pedro 3:16 – RVA-2015.
Oremos. Señor, gracias por el testimonio apostólico que has preservado. Dame reverencia para no torcer tu Palabra y paciencia para entenderla con fidelidad. Amén.
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