Lectura: 2 Corintios 4:7-18

Una farmacéutica decía que una de sus cremas podía, literalmente, borrar las arrugas de la piel de sus consumidoras.  Por supuesto, no faltaron las críticas por semejante afirmación, así que uno de los competidores demandó a la marca y los tribunales ordenaron que mostraran científicamente lo que decían sus comerciales.

Los hallazgos de las pruebas realizadas al producto, demostraron que la crema muy temporalmente apretaba la piel, haciendo que pareciera como si las arrugas se desvanecieran, el problema era su efecto temporal, ya que después de algún tiempo, las líneas asomaban nuevamente sobre la piel de las personas que usaban el producto.

El negocio de los productos de belleza atrae a millones de personas y con ellos a millones de sus dólares, debido a sus “promesas” que se desaparecen al no poder vencer lo inevitable, el deterioro natural de nuestros frágiles cuerpos.

En nuestra lectura devocional, leímos en 2 Corintios 4:16, sobre nuestra inclinación física a lo inevitable, al decir: “Por tanto, no desmayamos; más bien, aunque se va desgastando nuestro hombre exterior”, pero no se desanimaban ya que: “el interior, sin embargo, se va renovando de día en día”.

Al reconocer la naturaleza temporal de nuestros problemas, seremos capaces de afrontarlos de una mejor forma; en esta misma línea el apóstol Pablo se refirió a ellos como: “momentáneos y leves”, comparadas con el “eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17), que nos espera en nuestro hogar celestial.

La importancia máxima de la vida cristiana, es la renovación interna diaria, nuestro enfoque no debe estar en las cosas físicas que en sí son temporales, sino en las eternas.

1. Las promesas de la Palabra de Dios son verdaderas y eternas.

2. Los problemas terrenales se desvanecen a la luz de los goces del cielo.

HG/MD

“No fijando nosotros la vista en las cosas que se ven sino en las que no se ven; porque las que se ven son temporales, mientras que las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18)