Lectura: Juan 11:14-27

Tal vez uno de los momentos más complicados de la vida es cuando asistimos a un funeral, ya que sentimos una mezcla de emociones y decisiones.  Por ejemplo, cuando muere una persona casada, a pesar de que muchos hayan sentido aprecio por quien murió, algunos no asisten a dar el pésame porque tienen miedo de decir o hacer algo que entristezca más a los familiares.

Pero, lo que muchas veces no se entiende es que, en esos momentos de angustia, las personas casi nunca recuerdan lo que les dicen, no obstante, de lo que más se acuerdan es de quienes estuvieron allí. Los rostros conocidos brindan una fortaleza indescriptible y los abrazos sinceros consuelan frente a los profundos sentimientos de pérdida que se experimenta en estas situaciones. Y es que este “regalo de la presencia” es algo que todos somos capaces de ofrecer, aunque no sepamos qué decir o nos sintamos incómodos.

En el caso de Marta y María, ellas estaban rodeadas de amigos y dolientes que las consolaban cuando murió su hermano Lázaro (Juan 11:19). Más tarde, Aquel a quien más deseaban ver, Jesús, llegó y lloró con ellas (vv. 33-35). La gente exclamó: “Miren cómo lo amaba” (v. 36).

Y es que, ante cualquier clase de pérdida, Jesús siempre nos consuela con su presencia, y nosotros podemos compartir en gran medida su compasión mediante el simple regalo de acompañar con nuestra presencia a quienes sufren.

  1. No lo olvides, para las personas que sufren tu presencia habla más que mil palabras.
  2. Gracias Señor porque sabemos que estás con nosotros en todo momento, aun en los momentos más difíciles.

HG/MD

“Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26).