Lectura: Hechos 4:5-12

La historia de Alexander Mackenzie, (1764-1820), es muy interesante. Este canadiense fue uno de los primeros exploradores y comerciantes, realizó una extraordinaria expedición que lo llevó por todo Canadá y a navegar el Océano Pacífico, esta aventura terminó en 1793, 11 años antes de que los exploradores norteamericanos Lewis y Clark, empezaran su asombrosa expedición por el oeste estadounidense.

Pero, Mackenzie no siempre tuvo éxito en sus expediciones, pues en 1789 su primera aventura fue todo un fracaso; sus doce osados compañeros de aventura salieron en tres canoas hacia el lago Athabasca, en un intento por encontrar una ruta navegable hacia el Pacífico.  Este valiente grupo de aventureros, navegó por en medio de un poderoso río que hoy lleva su nombre, Mackenzie, desafiando los peligros en cada recodo del río; desafortunadamente, el río no desembocaba en el Pacífico, lo hacía en el océano Ártico; en su diario Mackenzie lo llamó: “el río de la desilusión”.

Hoy día, muchas personas también navegan por las aguas mortales de las religiones que desembocan en el mar de la desilusión máxima, lo anterior debido que estos grupos no depositan su fe en Jesús, sino en falsas creencias que no llevan a nadie al cielo, por el contrario, los llevan al infierno.  Solamente Jesús puede llevarnos a salvo por las aguas de la vida eterna (Juan 14:6; Hebreos 4:12).

1. No nos dejemos engañar por quienes enseñan otros caminos que no llevan a Jesús, nuestra responsabilidad es ser luz para quienes hoy se encuentran perdidos en sus propios caminos.  Si ponemos nuestra fe en Jesús, nunca terminaremos en el río de la desilusión.

2.    Quienes hemos puesto nuestra fe en Jesús, nunca seremos desilusionados.

HG/MD

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Juan 14:6).