Lectura: 1 Timoteo 1:1-7

En algunas ocasiones he tenido la oportunidad de compartir mi fe con personas que tienen grandes problemas con el pecado, y han permitido que conversemos sobre esas actitudes incorrectas.  No obstante, y a pesar de mis buenos deseos, en la mayoría de las ocasiones finalmente rechazan el regalo de salvación, en ocasiones por sentirse indignos del perdón divino y en otras porque prefieren seguir en su vida de pecado.  Sin embargo; en cada una de las ocasiones que conversé con ellas, reconocieron que creían en Dios, y que querían evitar el infierno. 

También he conversado con quienes se dicen buenas personas, creen que por hacer el bien deben ser recompensados y evitan ciertos pecados para no ser juzgados por los demás.   Otros creen que debido a su buena disposición para hacer obras de caridad y sus generosas ofrendas, Dios debe reconocer sus buenas acciones.

No olvidemos el ejemplo del joven rico (Mateo 19:16-30), quien pensó que ya había hecho todo lo necesario; al igual que todos los demás, quería alcanzar la vida eterna sin el arrepentimiento y el cambio de muerte a vida eterna que sólo Cristo puede proporcionar.

El apóstol Pablo le dijo a su discípulo Timoteo, la forma en la cual podía lidiar con los líderes religiosos que tan sólo se concentraban en lo externo.  Le recordó que la verdadera muestra de que una persona ha entendido el plan de salvación, es una vida que refleje un cambio interno: “…el amor que procede de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).

  1. La única forma de obtener un cambio verdadero en tu vida es depositando tu fe en Jesús como Señor y Salvador.
  2. Cuando Dios llega a tu vida, nada vuelve a ser igual.

HG/MD

“Pero el propósito del mandamiento es el amor que procede de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).