Lectura: 2 Timoteo 1:1-7

Es una verdad de la vida que los niños crecen; y constantemente oramos para que cuando sean grandes tomen buenas decisiones para sus vidas.  Pero también es una verdad que mientras esos niños crecen, empezarán a comprobar que nuestras acciones tienen concordancia con las palabras que decimos.

Rápidamente descubrirán que en algunas ocasiones fallamos, y empezarán a confundirse pues lo que hacemos no concuerda con lo que decimos creer, es cuando empezarán a dudar de nuestra autoridad y consejos, pues no sabrán si guiarse por nuestras acciones o nuestras palabras.

En nuestra lectura devocional leímos con respecto a uno de los discípulos de Pablo, se trata del joven Timoteo; en ella describe su fe como una “fe no fingida” y destaca en sobre manera la excelente labor de su abuela Loida y su madre Eunice (2 Timoteo 1:5). 

Posteriormente, en esa misma carta exhortó a Timoteo diciéndole: “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te has persuadido, sabiendo de quiénes lo has aprendido y que desde tu niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:14-15).

Es por esta razón, que los creyentes cuyas acciones son acordes con sus palabras, pueden causar una gran influencia en su familia, comunidad, centro de estudio, trabajo, iglesia; en fin, en cualquier lugar donde estén.

  1. Una vida honesta y sincera que refleje a Cristo por medio de las acciones, habla más fuerte que unas palabras vacías y sin sentido.  
  2. Recuerda, hay muchos que están viendo lo que haces, ese es un buen motivo para pedirle a Dios que te guie cada día de tu vida.

HG/MD

“Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad” (1 Juan 3:18).