Lectura: 2 Corintios 9:1-15

Las finanzas del ministerio habían sufrido mucho a causa de la crisis que estaban viviendo. El enfoque de esta misión por supuesto era, número uno, llevar el mensaje de salvación a otros por medio de sus misioneros y misioneras, quienes eran enviados a lugares con recursos limitados en donde desarrollaban programas con niños abandonados, mujeres maltratadas, asistencia médica, profesional y técnica, y otro sin número de actividades en pro de las comunidades. Así que, con esfuerzos redoblados oraron al Señor pidiendo Su guía, y empezaron a contactarse con los actuales patrocinadores y con personas que les habían ayudado en el pasado.

Una de las llamadas que hicieron fue a una persona que disfrutaba de muy buenas condiciones económicas, y el representante del ministerio le explicó lo que estaban atravesando y la necesidad de mantener, más que nunca, la ayuda en estos lugares con mucha escasez económica y espiritual.  Al final de la conversación el hombre le dijo al representante: “Sabes, puesto que se trata de ti, te voy a girar una buena cantidad de dinero”.

El representante del ministerio se quedó en silencio por unos segundos y luego replicó: “No puedo recibir su dinero debido a mí, ese dinero no es para mí, se trata de la obra de Dios, no de la mía”.

Lo que importa no es la cantidad que voluntariamente damos a la obra de Dios, sino la motivación con que la damos.

Las motivaciones correctas son imprescindibles en el trabajo para nuestro Señor, ya se trate de dinero, tiempo o servicio.  Dios siempre estará más interesado en la razón por la cual damos que en la cantidad de la que nos estamos despojando.  Jamás debemos dar esperando recibir alabanza de los demás; damos lo mejor de nosotros porque amamos a Dios y deseamos que Su nombre sea glorificado, y más personas puedan conocer las maravillas de tener una relación verdadera con Dios.

  1. Siempre que tengamos la oportunidad de aportar para la obra de Dios, debemos estar convencidos que esa contribución es para el Señor.
  2. Nunca debemos dar a Dios tan sólo por el compromiso o el qué dirán.

HG/MD

“Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).