Lectura: Salmos 19:1-14

Existe un refrán popular que dice lo siguiente: “Las grandes mentes hablan de ideas; las mentes promedio hablan de acontecimientos; las mentes pequeñas hablan de la gente”.

Por supuesto, hay muchas formas mediante las cuales podemos hablar y honrar a la gente, pero este refrán enfatiza nuestro lado más oscuro.  En un mundo de comunicaciones constantes, tanto social como profesionalmente, siempre se nos confronta con la vida de personas en un nivel de intimidad que puede ser inapropiado.

Peor aún, esta oleada de información personal sobre los demás en las redes sociales, podría convertirse en materia prima para nuestras conversaciones, al punto de que el chisme se convierta en la norma y no sólo sobre los ricos y famosos.  Las personas de nuestro entorno de trabajo, iglesia, vecindario y familia, pueden ser también el blanco de lenguas afiladas y sentir la angustia causada por conversaciones que nunca deberían haber ocurrido.

Pero, ¿cómo podemos evitar nuestra tendencia a dañar a los demás con nuestras palabras? Al reconocer que el oyente supremo de lo que decimos es Dios, quien anhela que no seamos así.

El salmista nos aconseja lo siguiente: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor…” (Salmo 19:14). Cuando buscamos agradar a Dios con nuestras conversaciones sobre los demás, lo honramos. Con su ayuda, podemos glorificarlo con lo que decimos.

  1. Cuida mucho lo que dices de otros, puedes estar ocasionando un daño muy grave a la reputación de una persona.
  2. Prefiere pronunciar palabras positivas de otros y si no es posible entonces trata de no hablar de ellos.

HG/MD

“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor Roca mía y Redentor mío” (Salmo 19:14).