Lectura: Isaías 49:1-7

El escuchar pronunciar nuestro nombre, nos ha reaccionar de una manera u otra.  Cada vez que mi madre me llamaba con voz autoritaria diciendo: “Guillermo, ¿qué estás haciendo?”  Yo sabía que no estaba buscando información.  Sin embargo para el auditorio cuando escucho: “Guillermo…”  leído con voz señorial, mientras me dirigía al escenario el día de mi graduación, ese Guillermo tuvo un ambiente y sentimientos muy diferentes.

Los nombres transmiten la sensación de lo que somos y cómo ellos se relacionan con nosotros. Antes de que el Mesías viniera al mundo, Él declaró: “Escúchenme, todos ustedes en tierras lejanas;    presten atención, ustedes que están muy lejos. El Señor me llamó desde antes que naciera;  desde el seno de mi madre me llamó por mi nombre” (Isaías 49:1).   Eso demuestra la relación especial que el Mesías tenía con Dios Padre.

Lo que es aún más emocionante es que esta relación se extiende a través de Jesús para nosotros. Gracias a Cristo, nosotros, los que confiamos en Su obra terminada en la cruz gracias al perdón de nuestros pecados, hemos sido adoptados en la familia de Dios (Rom. 8:15; Ef. 1:5).  Cuando confiamos en Cristo como nuestro Salvador y Señor, Él nos llama por nuestro nombre (Juan 10:3).

¡Qué privilegio! Y que consuelo para aquellos de nosotros que hemos puesto  nuestra fe en Cristo. Dios nos ama más de lo que podemos imaginar.  Él ha prometido que nunca nos dejará  (Juan 10:27-30).

1. ¿Has oído Su llamado?

2. No eres más que un número en muchas computadoras; sin embargo Cristo conoce Tu necesidad, Tu nombre y Tu cara.

NPD/HWR