Este devocional forma parte de la serie: Más que un Libro.
Lectura: Lucas 24:36-49
A veces alguien pregunta: “¿Quién decidió qué libros iban a entrar en la Biblia?”. La pregunta es válida, pero puede esconder una imagen equivocada: la de un grupo reunido siglos después de Cristo seleccionando libros favoritos y convirtiéndolos en Palabra de Dios por votación. La historia fue mucho más gradual. El pueblo de Dios recibió, utilizó, preservó y reconoció escritos que ya tenían autoridad antes de que existieran listas formales como las que conocemos hoy.
Jesús mismo habló de “la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos”, una manera de referirse a las grandes secciones de las Escrituras de Israel. El Antiguo Testamento protestante contiene los mismos libros que la Biblia hebrea tradicional, aunque se cuentan y ordenan de manera diferente: algunos libros que nuestras Biblias separan eran contados como una sola obra. Por eso una diferencia en el número no significa necesariamente una diferencia en el contenido.
Con el Nuevo Testamento ocurrió un proceso de reconocimiento dentro de las primeras comunidades cristianas. Los Evangelios y las cartas apostólicas comenzaron a circular y a ser leídos en las iglesias. Con el tiempo, los creyentes distinguieron estos escritos de otros documentos cristianos valiosos. No fue un proceso sin preguntas, pero tampoco fue una decisión repentina. La iglesia no creó la autoridad de los escritos apostólicos; reconoció la autoridad que estos tenían por su relación con los apóstoles, su coherencia con la fe recibida y su uso entre las comunidades cristianas.
Saber esto puede fortalecer nuestra confianza y también nuestra humildad. Dios trabajó en la historia, no fuera de ella. La Biblia que tenemos llegó mediante comunidades reales que copiaban, leían, enseñaban y discernían. Y ahora la responsabilidad pasa a nosotros. Es posible defender apasionadamente cuáles libros pertenecen a la Biblia y, al mismo tiempo, vivir como si nunca tuviéramos tiempo para leerlos. Reconocer el canon debería llevarnos a recibirlo.
La pregunta del canon, por tanto, no termina con una lista de sesenta y seis títulos. Termina con autoridad. Si reconocemos estos libros como Escritura, ya no podemos tratarlos como una colección de opiniones que aceptamos cuando coinciden con nosotros. El canon pone límites también a nuestras preferencias. No añadimos una nueva revelación porque nos resulte atractiva ni eliminamos una enseñanza porque nos incomode. Recibimos una Palabra que nos precede y ante la cual aprendemos a escuchar, creer y obedecer.
Conclusión. La pregunta no termina en cómo fueron reconocidos los libros bíblicos. Termina preguntándonos si nosotros reconocemos en la práctica la autoridad de la Palabra que decimos creer.
Puntos para la reflexión
- Agradece hoy a Dios por la preservación de las Escrituras y comienza a leer un libro bíblico completo, no sólo versículos sueltos.
- Haz una lista de los libros bíblicos que menos conoces y selecciona uno para estudiarlo durante este mes.
Versículo para memorizar: “Y les dijo: —Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes: que era necesario que se cumplieran todas estas cosas que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” – Lucas 24:44 (RVA-2015).
Oremos. Señor, gracias por haber preservado tu Palabra a través de generaciones. Ayúdame no sólo a afirmar su autoridad con mis labios, sino a recibirla y obedecerla con mi vida. Amén.
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