Este devocional forma parte de la serie: Esperanza en Dios.
Lectura: Juan 11:17-27
En un cementerio, las fechas grabadas en las lápidas parecen resumir una vida entre dos números. Para quienes quedan, la ausencia es mucho más grande que una inscripción. La muerte interrumpe conversaciones, planes y abrazos. Por eso la esperanza cristiana no puede reducirse a decir que la persona seguirá viva en nuestros recuerdos. Se apoya en una promesa mucho más concreta: la resurrección.
Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba cuatro días en la tumba. Marta le expresó dolor y fe al mismo tiempo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús no le ofreció una idea abstracta. Le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida». La esperanza futura estaba delante de ella en la persona de Cristo.
Jesús resucitó a Lázaro como una señal de su autoridad, aunque Lázaro volvería a morir. La victoria definitiva vendría mediante la propia muerte y resurrección del Señor. Todo el que cree en Él tiene vida eterna y, aunque muera físicamente, será resucitado. La muerte sigue siendo un enemigo doloroso, pero es un enemigo derrotado.
Cuando despedimos a un creyente, lloramos de verdad. La fe no elimina el duelo. Sin embargo, no lloramos como quienes creen que la tumba es el final. Cristo vive, y nuestra esperanza está unida a Él. Un día los cuerpos serán levantados y la separación terminará. Ante la pregunta de Jesús a Marta, «¿Crees esto?», cada persona debe responder. La esperanza de la resurrección no es automática; se recibe por la fe en el Hijo de Dios.
Puntos para la reflexión:
1. Piensa en cómo la resurrección debería cambiar una decisión que hoy tomas sólo con criterios temporales. Ajusta esa decisión a la luz de la eternidad.
2. Conversa con tu familia acerca de la esperanza cristiana frente a la muerte y deja por escrito tu testimonio de fe en Cristo para quienes amas.
Versículo para memorizar:
«Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá». Juan 11:25 – RVA-2015.
Oración final
Señor Jesús, tú eres la resurrección y la vida. Cuando la muerte interrumpe nuestras conversaciones y deja lugares vacíos, sostén nuestro duelo con tu promesa. Gracias porque la tumba no tiene la última palabra y porque quienes creen en ti vivirán. Ayúdame a tomar decisiones a la luz de la eternidad y a compartir con claridad esta esperanza con las personas que amo, todo esto te lo ponemos en tus manos amorosas Jesús. Amén.
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