Lectura: 2 Corintios 9:6-15

Hoy el mundo futbolístico celebra la final del mundial en Rusia. Pensando en ello encontré una historia muy interesante que aunque trata de futbol, la disciplina deportiva pasa a un segundo plano, debido a las situaciones tan particulares sucedidas hace 10 años.

Era la gran final universitaria de escuelas cristianas del estado de California, pero los hechos que acompañaron esta final empezaron 3 días antes, cuando un gran incendio arrasó muchas de las instalaciones del Westmont College, incluidas las deportivas. Las reglas del campeonato decían que si el equipo casa no podía realizar el partido en la fecha pactada, se convertía en el perdedor.  Fue ahí donde empezaron los hechos que diferenciaron esta final; el rector de la universidad Azuza Pacific invitó a sus contrincantes a jugar en sus instalaciones, y fueron más allá, invitaron a una buena cantidad de aficionados del Westmont College para que fuera a su estadio con las entradas y almuerzos incluidos.

Cuando el partido terminó, el Westmont College obtuvo el campeonato con un claro 2 a 0, pero el Azuza Pacific ganó algo más importante: la admiración de las dos instituciones por su buena voluntad.  Algunos posiblemente dirán que la actitud de las personas en Azuza Pacific no fue la más inteligente, pues tuvieron la oportunidad de ganar sin jugar; sin embargo, ambos equipos fueron reconocidos por igual: el ganador por sus goles y el vencido por su bondad.

La Palabra de Dios es muy repetitiva con respecto a la importancia de dar sin esperar nada a cambio, y hacerlo generosamente, ya que “Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).

  1. Dar no se trata solo de dinero, es más que eso; se trata de proporcionar a los demás una oportunidad y brindar hospitalidad a los angustiados, es una forma de generosidad que convierte en ganadores a quienes lo practican.
  2. La forma en la que damos muestra las cualidades del dador más que a la dádiva en sí.

HG/MD

“Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).