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por | Oct 21, 2026 | Devocionales | 0 Comentarios

Nombre o título: Cordero de Dios — Jesucristo como sacrificio provisto por Dios para quitar el pecado

Versículo clave: Juan 1:29. Textos de apoyo: Isaías 53:4-7; Juan 1:29-36; 1 Pedro 1:18-19

Cuando Emma era adolescente y cantaba en el coro de su escuela, sus ojos recorrían el público buscando un rostro: el de su padre. Él trabajaba muchísimo para sostener a una familia numerosa, y Emma sabía racionalmente que la amaba; aun así, deseaba una señal visible de que ella importaba lo suficiente como para que él estuviera allí. Años después reconoció que seguía buscando aprobación de maneras parecidas. El evangelio la llevó a una prueba de amor mucho más profunda: Cristo se entregó por nosotros. El Cordero de Dios muestra el precio que Dios estuvo dispuesto a pagar para redimirnos.

Juan el Bautista había predicado arrepentimiento y había bautizado multitudes. La gente llegaba preguntando qué debía hacer. Pero un día Juan dejó de señalar al oyente y señaló a otra Persona. Al ver a Jesús acercarse dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. La imagen traslada la atención desde nuestros esfuerzos hacia la provisión de Dios. Juan no presentó a Jesús solamente como maestro, reformador o ejemplo. Sino como la solución del pecado del mundo.

El título “Cordero de Dios” reúne temas profundos del Antiguo Testamento: sacrificio, sustitución, liberación y la figura del siervo llevado como cordero en Isaías 53. Los intérpretes discuten qué trasfondo específico dominaba la expresión de Juan: la Pascua, sacrificios, Isaías u otros pasajes que hablan de la necesidad de un Salvador, pero no es necesario reducirla a una sola imagen. El mensaje es muy claro: Dios provee en Cristo lo que el pecador no puede hacer por sí mismo. El problema humano no se resuelve sólo con educación o fuerza de voluntad; el problema del pecado necesita ser tratado desde una solución divina.

Reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos ayuda a comprender dos verdades fundamentales: la gravedad de nuestro pecado y la grandeza del amor de Dios. Jesús no vino solamente a enseñarnos cómo vivir mejor, sino a entregar su vida para pagar el precio de nuestros pecados. Su sacrificio nos recuerda que no podemos alcanzar el perdón por nuestros propios méritos; necesitamos al Salvador que Dios mismo proveyó. Comprender esta verdad debe llevarnos a vivir con gratitud, abandonar aquello que desagrada a Dios y confiar plenamente en la obra de Cristo.

Un detalle que vale la pena conocer: Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús, lo presentó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Para los israelitas, aquella imagen tenía un profundo significado. Les recordaba al cordero de la Pascua, relacionado con la liberación de Egipto, y también la profecía de Isaías 53, que anunciaba a un siervo que sufriría por los pecados de otros. ¡Y ahora Juan estaba señalando a Jesús como aquel que entregaría su vida por nosotros! Él, que nunca pecó, cargaría con nuestros pecados para ofrecernos el perdón y la reconciliación con Dios

Una verdad que se acerca a ti – A veces pensamos que podemos compensar nuestros pecados haciendo algunas cosas buenas. Pero Jesús, el Cordero de Dios, nos recuerda que el pecado es demasiado serio para resolverlo con nuestros propios esfuerzos. La buena noticia es que Cristo entregó su vida para pagar por nuestros pecados y ofrecernos el perdón que jamás podríamos ganar. Por eso, no escondas tus faltas ni intentes justificarlas. Reconócelas sinceramente delante de Dios y confía en el sacrificio de Jesús. Vive con gratitud, recordando que la misma gracia que nos perdona también nos llama a dejar atrás el pecado.

Quiero dejarte dos desafíos para hoy.

Primero. Deja de justificar tu pecado. Identifica un pecado que has estado ocultando o justificando. Confiésalo hoy a Dios y toma una decisión concreta para apartarte de él.

Segundo. Vive como alguien que ha sido redimido. Deja de buscar tu valor en la aprobación de los demás. Recuerda lo que Cristo hizo por ti y demuestra tu gratitud con una acción de amor y obediencia.

Oremos: Señor Jesús, Cordero de Dios, gracias por tratar con mi pecado de una manera que yo nunca podría. Dame arrepentimiento sincero, fe en tu obra y una vida agradecida que no juegue con aquello de lo que viniste a salvarme. Amén.

Versículo para memorizar: “Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”. Juan 1:29 – Reina Valera Actualizada 2015. Este devocional forma parte de la serie: Su Nombre lo dice todo, escúchanos también en las diferentes plataformas de podcast: Apple podcast, Spotify y Youtube.

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