Lectura: Lucas 2:25-35

En estas épocas siempre existirá la tentación de dejarnos llevar por las luces, los cantos, las celebraciones y por supuesto, el mercadeo, que nos llevan a un mundo irreal y barato que equivoca el verdadero motivo que estamos recordando: la natividad de nuestro Señor.

El mundo al que vino nuestro Señor Jesús fue muy real, una ciudad en la que no había espacio para sus padres y por ende para Él (Lucas 2:7), un lugar que tenía como rey a un asesino llamado Herodes quien luego del nacimiento atentaría contra su vida (Mateo 2:16-18). 

Cristo vino a este mundo, no a protegernos de la dureza de este mundo, sino a darnos el valor y fortaleza para soportar los embates del enemigo (Mateo 10:34-42; Juan 15:9-26).  No vino para librarnos de manera milagrosa de todos los conflictos que encontraremos en esta vida, sino para que nuestros corazones tuvieran paz, y por medio de ella tuviéramos la calma y sabiduría para poder compartir el regalo de la salvación a un mundo destrozado y herido de muerte (Efesios 2:16-18).

Tan sólo recordemos las palabras que dijo el anciano Simeón a José y María cuando dedicaron al recién nacido Jesús: “He aquí, este es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu misma alma” (Lucas 2:34-35).

  1. No dejemos que las distracciones del mundo nos roben el verdadero objetivo de recordar la natividad de nuestro Señor: Dar la bienvenida al Príncipe de Paz (Isaías 9:6), cumpliendo así las profecías de su primera venida (Isaías 7:14; Miqueas 5:2).
  2. Jesús vino a traer su luz verdadera a un mundo en tinieblas.

HG/MD

“Porque un niño nos es nacido, un hijo nos es dado, y el dominio estará sobre su hombro. Se llamará su nombre: Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).