Tecnología

¡No calumniarás!

Por Greg Morse

Si se acabara el internet, si se cerraran las tiendas de aplicaciones y se clausuran las autopistas virtuales, si todos nuestros amigos y seguidores en línea desaparecieran de un momento a otro, si nadie pudiera subir contenido a la web, dar “me gusta”, comentar o publicar, ¿sería la humanidad más feliz o más triste? ¿más conectada o más solitaria? ¿Entraríamos en una nueva Edad Oscura o redescubriríamos alegrías perdidas hace tiempo? ¿Sería nuestra existencia mejor o sería peor?

Cualquiera que sea tu respuesta, una razón clara para pensar que nuestra existencia sería “mejor” son la calumnia, la murmuración y las falsas acusaciones que viajan a través de nuestros dispositivos en red. Muchos vecinos agreden verbalmente a su vecino digital, clan contra clan, perfil contra perfil, tergiversándose unos a otros, mintiendo sobre los demás, presentando medias verdades y manchando reputaciones sin remordimientos ni disculpas.

Este mundo digital está ocupado por muchos que desobedecen uno de los mandamientos más básicos y graves de Dios: “No darás falso testimonio contra tu prójimo”. (Éx. 20:16)

La amenaza de los falsos testigos

El noveno mandamiento, con mayor inmediatez, se refiere al falso testimonio en la corte: “No des falso testimonio contra tu prójimo [en el tribunal]”. Sin embargo, así como Jesús enseñó que el mandamiento del asesinato prohíbe algo más que la violencia física, y el mandamiento que prohíbe el adulterio se aplica más allá del cuarto matrimonial, sucede igual con, “No darás falso testimonio contra tu prójimo”, pues este se extiende a nuestra vida cotidiana (Col. 3:8; Ef. 4:31; Stgo. 4:11) ㅡfuera y dentro del mundo digitalㅡ.

¿Qué es un testigo? Un testigo es alguien que afirma haber visto u oído o “haber llegado a conocer el asunto” (Lv. 5:1). Los testigos deben decir la verdad que conocen y sobre la que dan testimonio. Jesús, por ejemplo, dice a sus discípulos que darán testimonio de Él porque han estado con Él desde el principio (Jn. 15:27). Es decir, darán testimonio de lo que vieron y oyeron. Los testigos eran un pilar en el sistema judicial israelita, como lo son en el nuestro hoy. Sus palabras a menudo conducían a la vindicación o a la condena. Cuando la pena de muerte estaba sobre la mesa, “muerte y la vida están en poder de la lengua”, literalmente (Prov. 18:21).

Los falsos testigos, entonces, eran una amenaza para las vidas individuales y para la vida de la comunidad en general. Un falso testigo podía suscitar enemistad y división al mentir y pervertir la justicia. Para entender cómo aborda Dios la forma en que damos falso testimonio sobre nuestro prójimo fuera de la sala de justicia, consideremos primero lo que espera de los testigos dentro de ella.

Lo que un testigo debe ser

Si fueras tú quien construyera una sociedad, ¿cómo evitarías que los falsos testigos se levantasen, para pervertir la justicia, destruyendo las comunidades? ¿Cómo podría gobernar el propio Dios esa sala de justicia en la que puestos de trabajo, reputaciones y credibilidad quedan a merced de escasos clics? Al menos tres principios impidieron que Israel se convirtiera en un “él dijo o ella dijo”.

  1. Un testigo nunca fue suficiente

En el mundo digital, la acusación suele ser igual a la condena. Una persona puede sentirse ofendida, amargada o victimizada, y saltarse los tribunales judiciales o el gobierno de la iglesia y llevarlo en su lugar ante los tribunales de la opinión pública. No necesita a alguien que le secunde. No requiere pruebas. El presunto autor habla, y su palabra no se pone en duda ni se cuestiona.

Sin embargo, en la economía de Dios se requiere más. Una sola acusación no es suficiente. Dios nunca espera que nos limitemos a “creer en la palabra de alguien”, por mucho que nos inclinemos a darle el beneficio de la duda. Para acusaciones serias, él requiere múltiples testigos:

“No se levantará un solo testigo contra un hombre por cualquier iniquidad o por cualquier pecado que haya cometido; el caso será confirmado por el testimonio de dos o tres testigos”. (Dt. 19:15)

Este principio está presente en todas las Escrituras, en la sala de justicia (Dt. 17:6; 19:15; Nm. 35:30) y fuera de ella. Jesús lo reconoció al establecer la verdad de Su identidad: “Si yo solo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero”. (Jn. 5:31). Lo mismo hicieron sus enemigos: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero”. (Jn. 8:13)

Después de acudir primero a un hermano o hermana, no podemos establecer cargos contra otro cristiano sin que al menos una segunda persona testifique (Mt. 18:16; 2 Cor. 13:1), ni la iglesia podía admitir cargos contra un anciano (1 Tim. 5:19) sin que al menos dos testigos dieran fe de su indiscreción. Y esto, sólo para establecer los cargos ㅡque luego deben ser juzgados por el tribunal correspondienteㅡ. Aparentemente, Dios pensó que era mejor que algunos criminales reales (temporalmente) escaparan de la justicia que condenar erróneamente a un hombre.

  1. Debes estar listo para lanzar la primera piedra

La comunicación en Internet puede parecerse fácilmente a un videojuego. Mientras juegas, aprendes intuitivamente las reglas del juego (cómo hablar y actuar) de otros jugadores, y en el medio online, lo que decimos puede parecer trivial o intrascendente comparado con la “vida real”. Sin embargo, la influencia de la opinión en contra de nuestro vecino tiene consecuencias reales, mucho después de que los indignados hayan pasado a la siguiente ronda y hayan encontrado algo nuevo para sentirse ofendidos.

Esta capacidad de acusar y seguir adelante no se daba en el antiguo Israel. El testigo no sólo debía responder por la veracidad de su testimonio, sino que la ley le exigía participar activamente en la sentencia. En el caso de que un hombre sea condenado a muerte, “la mano de los testigos caerá primero contra él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo” (Dt. 17:7).

Es vergonzoso dar falso testimonio contra alguien cuando su vida pende de un hilo, pero una clase especial de maldad es agacharse, agarrar una piedra y ser el primero en lanzarla sabiendo que estás mintiendo.

  1. Es responsable de su castigo

La justicia digital carece del debido proceso. No ha pasado el tiempo suficiente para indagar con diligencia, los hechos permanecen en la sombra y la ventana para demostrar que estás en el “lado correcto” se cierra rápidamente. Se espera una declaración de condena y se olvida la sabiduría antigua: “Justo parece el primero que defiende su causa hasta que otro viene y lo examina” (Prov. 18:17). Pero en cada caso, incluso en los casos contra el testigo malvado:

“Y los jueces investigarán minuciosamente; y si el testigo es un testigo falso y ha acusado a su hermano falsamente, entonces le haréis a él lo que él intentaba hacer a su hermano. Así quitarás el mal de en medio de ti” (Dt. 19:18-19).

La justicia digital rara vez se queda para ver cómo terminan las cosas y  los que dan falso testimonio contra sus vecinos en las redes sociales rara vez rinden cuentas. Los pastores fieles desde hace mucho tiempo son leídos con poca caridad y calumniados por jóvenes insolentes que intentan hacerse un nombre. Palabras como “misógino”, “racista”, “opresor” y “abusador espiritual” se lanzan como caramelos en un desfile para desacreditar y descartar al instante.

No obstante, existían consecuencias para quienes calumniaban en los tribunales. Los falsos testigos, tras ser juzgados y declarados culpables, recibirían el mismo castigo que intentaron infligir a su víctima. “Los demás oirán y temerán, y nunca más volverán a hacer una maldad semejante en medio de ti. Y no tendrás piedad: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Dt. 19:20-21).

Dos tentaciones de falsedad

Cuando revisamos el Libro de la Ley (Éx. 21-23) que siguió a los Diez Mandamientos (Éx. 20), nos enteramos de dos tentaciones a las que nuestra época es especialmente susceptible. En ambos casos, Satanás nos da un elegante ropaje para que nuestra falsa información se parezca más a la compasión: un tipo noble de falsedad. El texto dice:

“No propagarás falso rumor; no te concertarás con el impío para ser testigo falso. No seguirás a la multitud para hacer el mal, ni testificarás en un pleito inclinándote a la multitud  para pervertir la justicia; tampoco serás parcial al pobre en su pleito”. (Ex. 23:1-3)

  1. Ponerse del lado de la opinión popular.

Ya sea testificando en una corte o tuiteando sobre la rama de un árbol, somos tentados a ponernos del lado de la mayoría aunque cometan una injusticia. La justicia, nos recuerda Dios, no es el resultado de una votación, ni se decide por una encuesta o sondeo. Puede que la mayoría de nosotros no se incline por el espíritu de la época, pero la tentación de ajustar nuestros pesos y medidas hacia las masas es demasiado real, incluso para los mejores de nosotros.

  1. Inclinarse injustamente hacia los vulnerables.

“No serás parcial con el pobre en su pleito”. Hoy en día hay muchos más compasivos, al parecer, que Dios. Aunque Dios nos dice que no seamos parciales en el juicio hacia el pobre, nunca ha sido más fácil ponerse acríticamente del lado del que alega desventaja. La simpatía cristiana hace que nuestros corazones se dirijan a los débiles y a los quebrados, pero cuando la justicia está en juego, la Palabra de Dios exige imparcialidad, no inclinando el campo hacia el aventajado (Éxodo 21:6) o el desfavorecido (Éxodo 21:3).

Tenemos razón al imaginarnos a la Dama de la Justicia con una venda en los ojos. Ya sea rico o pobre, amigo o enemigo, uno de los nuestros o uno de los suyos, la justicia debe utilizar equilibrios justos.

El testimonio de la verdad

¿Cómo hablamos de nuestros vecinos? ¿Publicamos sus defectos y silenciamos sus virtudes? ¿Mentimos y decimos medias verdades para herirlos? ¿Nos elevamos  nosotros mismos a costa de ellos? El noveno mandamiento se refiere a nuestro nombre y al de nuestro prójimo, y a que no dañemos el suyo injustamente.

La cuestión no es si el mundo sería mejor o no sin las redes sociales. Estas plataformas digitales revelan lo que hay en nuestros corazones ㅡ”porque del corazón provienen los malos pensamientos… falsos testimonios y calumnias” (Mt. 15:19)ㅡ. Nuestros deseos insatisfechos, nuestras pasiones agitadas dentro de nosotros mismos, conducen al asesinato ㅡocasionalmente con armas, pero mucho más a menudo con palabras (Stgo 4:1-2)ㅡ.

Necesitamos nuevos corazones, nuevas esperanzas, nuevos amores. Necesitamos el perdón del “testigo fiel y verdadero”, Jesucristo (Ap. 3:14). Necesitamos ser personas que no se limiten a evitar la falsedad, sino que “hablen verdad cada cual con su [nuestro] prójimo” (Ef. 4:25), dándose cuenta de que un falso testigo también puede ser aquel que se niega a decir lo que sabe que es verdad (Lv. 5:1).

Debemos convertirnos en testigos de la verdad antes de apresurarnos a hablar como si la conociéramos. Debemos escuchar la voz de la Verdad misma. “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn. 18:37).

Mientras el mundo se anula y se devora con acusaciones, los que siguen a Jesús perseguirán una justicia verdadera establecida por testigos verdaderos.

Acerca del autor: Greg Morse. Es escritor del personal de desiringGod.org y se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul.

Fuente: https://somossoldados.org/