Este devocional forma parte de la serie: Más que un Libro.
Lectura: Colosenses 4:7-18
Hoy un mensaje puede cruzar un continente en segundos. En el primer siglo, una carta viajaba en manos de una persona. Había caminos, barcos, peligros y largas distancias. Aun así, las palabras de Pablo llegaron a comunidades separadas por kilómetros y culturas. Colosenses termina con una instrucción sencilla pero reveladora: después de leer la carta en Colosas, debían hacer que también fuera leída en Laodicea.
Eso significa que algunas cartas del Nuevo Testamento no se entendieron desde el comienzo como mensajes privados que debían guardarse en un cajón. Eran enseñanzas para la iglesia y comenzaron a circular. También encontramos instrucciones para leerlas públicamente. Los creyentes escuchaban juntos, copiaban los textos y los compartían con otras congregaciones. La difusión de estos escritos fue parte de la vida normal de las primeras iglesias.
Hay algo hermoso en esa escena. Una comunidad que quizá nunca había visto personalmente al apóstol escuchaba sus palabras acerca de la supremacía de Cristo, la nueva vida, el perdón y las relaciones transformadas. Luego esa misma carta seguía su camino. Lo que empezó como una respuesta pastoral a necesidades reales llegó a formar a creyentes de lugares que Pablo quizá nunca visitó, y siglos después sigue formando a nosotros.
Nosotros vivimos en el extremo opuesto: tenemos acceso inmediato y, precisamente por eso, podemos valorar menos lo que poseemos. Una iglesia antigua podía reunirse para escuchar una carta recién llegada. Nosotros podemos abrir quince traducciones en segundos y aun así leer con distracción. La abundancia no garantiza atención. Recuperar el asombro implica aprender a escuchar la Palabra juntos, conversar sobre ella, enseñarla correctamente y dejar que circule de nuevo: de nuestra lectura personal a nuestra familia, iglesia y relaciones.
También necesitamos recuperar la dimensión comunitaria de la lectura. La Biblia debe ser leída personalmente, pero nunca fue pensada para producir creyentes aislados que no necesitan corrección. Escuchar a otros creyentes maduros, recibir enseñanza de la iglesia y conversar sobre el texto puede revelar puntos ciegos que solos no vemos. La misma carta que viajaba de una congregación a otra nos recuerda que la Palabra forma un pueblo. En ese pueblo aprendemos, enseñamos, preguntamos y somos corregidos con amor.
Conclusión. Las cartas apostólicas viajaron porque la verdad debía ser compartida. La Palabra que recibimos también está destinada a formar comunidades, no solamente individuos aislados.
Puntos para la reflexión
1. Lee una carta breve del Nuevo Testamento completa esta semana, imaginando que la escuchas por primera vez en una congregación.
2. Comparte con otra persona una enseñanza del pasaje que estás leyendo, no sólo una frase sin contexto.
Versículo para memorizar: “Cuando esta carta haya sido leída entre ustedes, hagan que se lea también en la iglesia de los laodicenses; y la de Laodicea léanla también ustedes” Colosenses 4:16 – RVA-2015
Oremos. Dios, gracias por preservar las palabras que instruyeron a las primeras iglesias. Enséñame a recibirlas con atención y a compartir fielmente lo que aprendo. Amén.
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