Lectura: 1 Juan 1:5-10

Estaba empezando la noche y Susan regresaba de un largo día de trabajo, en ese momento estaba detenida con su automóvil esperando que el semáforo cambiara y le permitiera continuar su camino a casa; en ese momento, sintió que algo empujó el automóvil haciendo que golpeara contra el automóvil que estaba frente a ella.

Mientras trataba de entender lo que había sucedido, pudo observar a la persona que la había golpeado por atrás y que estaba huyendo rápidamente por una de las calles laterales, era evidente que trataba de huir de la policía y de su responsabilidad.

Cuando la policía llegó para atender el accidente, el oficial levantó algo del suelo, se trataba de la matrícula delantera del auto que había escapado, entonces le dijo a Susan: “Alguien lo va a estar esperando cuando llegue a su casa.  No se va a escapar de lo que hizo”.

La Biblia es muy clara con respecto a estos asuntos: “sepan que su pecado los alcanzará” (Números 32:23), tal como lo descubrió este hombre unas horas más tarde cuando la policía llegó a su casa.  En ocasiones tratamos de esconder nuestro pecado de las personas que nos rodean, pero debemos estar conscientes que: “No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia” (Hebreos 4:13).  Él es testigo de cada uno de nuestros errores, pensamientos y motivaciones reales (1 Samuel 16:7; Lucas 12:2-3).

  1. Como creyentes Dios nos promete algo extraordinario: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Acerquémonos a Él sabiendo que encontraremos paz para nuestros corazones.
  2. No permitamos que los errores escondidos se interpongan entre nosotros y Dios.

HG/MD

“Quita mi pecado con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.” (Salmos 51:7).