Lectura: Efesios 6:5-9

A tres hombres que estaban trabajando duro en un gran proyecto de construcción, alguien les preguntó: “¿Qué están haciendo?”  “Yo estoy mezclando mortero”, dijo uno.  El segundo hombre dijo: “Estoy ayudando a acondicionar este gran muro de piedra.” Sin embargo, el tercer hombre respondió: “Estoy construyendo una catedral para la gloria de Dios.”

Esos tres hombres podrían muy bien haber estado trabajando en un coche, en una fábrica, detrás de un mostrador, o en cualquier producto o servicio legítimo.

La mayoría de las personas trabajan para ganarse la vida, alcanzar el éxito, o para ahorrar dinero. Tales razones, sin embargo, no deben ser el motivo primario del creyente a la hora de trabajar. Al igual que el tercer hombre en nuestra historia, tenemos que ver lo que le da valor eterno al trabajo, no es el producto o el servicio que realizamos, sino en el proceso de realizar un trabajo fielmente para la gloria del Señor.

Dios nos manda a trabajar porque es bueno. Pero el trabajo también da a los creyentes la oportunidad de presentar a Jesucristo a los no creyentes.  Mediante la realización bien hecha de nuestras tareas dadas por Dios, en la justa medida de nuestras posibilidades, traemos honor y gloria a Su nombre. Y demostramos a nuestros compañeros(as) de trabajo la diferencia que Cristo puede hacer en una vida entregada a Él.

1.  ¿Es nuestro trabajo tan sólo un trabajo?  ¿O lo estamos haciéndolo para la gloria de Dios?

2.  Se nos ha dado tiempo de construir para la eternidad y ese tiempo es ahora.

NPD/DDH