Lectura: Efesios 4:17-32

Un joven tirador experto de arco y flecha, había tenido meses muy complicados porque no lograba tener buenos resultados en sus competencias, y su esperanza de ir a las olimpiadas se estaba desvaneciendo entre sus dedos; no obstante, había seguido practicando como lo venía haciendo desde hacía años, de la misma manera.

En unas semanas tendría una competencia importante en su ciudad y por ello fue como siempre al lugar donde practicaba, y como venía sucediendo desde hacía unos meses, no fue su mejor práctica. Sin saber su situación, un hombre se le acercó y le dijo: “¿Hola cómo estás, veo que tienes algunos problemas con tu técnica?”  La reacción del joven no fue la mejor: “Perdón, pero no tengo problemas con mi técnica”.  El hombre le replicó: “No veo eso, cuando veo el blanco, ni una flecha está en el centro de la diana”.

Al joven no le quedó de otra que aceptar lo que era obvio, y le preguntó: “Entonces, ¿Qué cambiaría?”.  El hombre le dio un par de consejos y casi de inmediato su puntería mejoró, y pudo con el tiempo mejorar hasta alcanzar su objetivo olímpico, todo porque un extraño se tomó el tiempo para brindarle una palabra de ayuda.

Ese es el maravilloso efecto de las palabras, pueden ser instrumentos increíbles tanto para el bien como para el mal.  Podemos escoger usar palabras para destruir ilusiones y sueños, o para edificar y animar a quien necesita palabras de aliento.  Esto es lo que Salomón tenía en mente cuando escribió lo siguiente: “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra dicha a tiempo, ¡cuán buena es!” (Proverbios 15:23).

  1. En un mundo donde muchos utilizan las palabras para destrozar, tenemos la oportunidad de usar nuestras palabras como herramientas para animar los corazones de otros.
  2. Las palabras amables son más poderosas que las palabras con ira.

HG/MD

“El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra dicha a tiempo, ¡cuán buena es!” (Proverbios 15:23).