Lectura: Salmo 32:1-7

Hace algún tiempo, el lago Arenal, una importante laguna producto de una represa ubicada en Centroamérica, tuvo una de sus temporadas más secas en muchos años.  Debido a esta sequía, luego de 40 años, el lago artificial volvió a mostrar las ruinas de muchos de los poblados que una vez estuvieron habitados por personas, casas, iglesias, parques, e incluso botes.

El rey David también quedó expuesto debido a todo lo que trataba de ocultar. Luego de cometer adulterio con Betsabé, tomó muchas más decisiones erróneas, como por ejemplo planear la muerte de Urías, el esposo de esta mujer; para empeorar la situación trató de cubrir sus pecados negando lo sucedido.  Este pecado lo acompañó durante meses, él trataba de continuar con su vida de una forma “normal”, e incluso procuraba seguir con su vida espiritual.  Sin embargo, durante todo ese tiempo, David conservó ese oscuro secreto en su corazón, él sabía que estaba en desobediencia ante el Señor y la culpa lo atormentaba; en el Salmo 32:3-4 David describe como se sentía: “Mientras callé se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.  Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; mi vigor se convirtió en sequedades de verano”.

Pero todo aquello terminó cuando el profeta Natán confrontó a David exponiéndole la gravedad de su pecado, el resultado de esto fue que David confesó sus pecados al Señor y se alejó de ellos. De inmediato, Él perdonó a David quien experimentó su misericordia y gracia (2 Samuel 12:13; Salmo 32:5; Salmo 51).

  1. Todos debemos realizar periódicamente un auto examen de nuestra vida, verificando que no tenemos pecados ocultos. Cuando ponemos al descubierto nuestros pecados confesándolos a Dios, quedamos cubiertos con su perdón.
  2. Dale a Dios lo que Él realmente desea de ti: un corazón quebrantado y arrepentido (Salmos 51:17).

HG/MD

“Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: “Confesaré mis rebeliones al Señor”.  Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.” (Salmo 32:5).

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