Lectura: 2 Corintios 5:11-17
Una vez le preguntaron a un deportista muy destacado en su especialidad y disciplina deportiva, sobre la razón por la cual había decidido no ser profesional y ganar mucho dinero con su habilidad.
Su respuesta fue muy simple pero contundente, él amaba lo que hacía y lo realizaba en el momento que quería y con la intensidad que prefería, añadió que si se convertía en profesional entonces ya no sería dueño de su tiempo y ni de sus intereses, pues tendría que estar completamente comprometido con sus empleadores, y posiblemente en parte tendría que descuidar a su familia, y a algunas actividades que consideraba importantes como por ejemplo su tiempo para el Señor.
Por supuesto nuestras motivaciones o razones por las cuales hacemos lo que nos importa, marcarán siempre el rumbo de nuestras vidas. Claramente, esto también se aplica a nuestra vida como creyentes.
En su carta a la iglesia de Corinto, el apóstol Pablo nos brinda un ejemplo de este principio; elocuentemente expone una explicación de su conducta, carácter y llamado como apóstol del Señor. Su respuesta ante quienes cuestionaban sus motivaciones para el ministerio fue la siguiente: “Porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
- El amor y agradecimiento por lo que hizo nuestro Señor Jesús debe ser la mayor de las motivaciones.
- Por consiguiente, esta motivación hace que quienes le sirven al Señor vivan para Él y no para sí mismos.
HG/MD
“Nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
Amén ayúdanos Señor a amarte cada día más, no vivir para la carne, si no en tu espíritu, gracias hnos.