Lectura: Hechos 7:54-60

En una entrevista una actriz dijo a quien conducía el programa, que esperaba su muerte con entusiasmo porque eso la colocaría en el “olvido”.  Me sorprendió cuando escuché eso.  ¿Por qué alguien quería pasar al olvido cuando terminara su vida? ¿Acaso no somos más valiosos que un árbol o que una paloma?  ¿Acaso nada de lo que hacemos, pensamos, sentimos o decimos tiene un propósito?

Es triste oír a algunas personas que piensan que el olvido es lo que nos espera al morir.  Nuestra sociedad se ha encargado de hacernos creer que lo más importante es lo que hagamos en este mundo, lo cual nos lleva muchas veces a perseguir propósitos temporales, pensando que en ellos vamos a encontrar significado.  Algunas de estas búsquedas incluyen: éxito en los negocios, riquezas, buenas relaciones, sexo, entretenimiento, hacer el bien a otros; pero, al final del día todas estas cosas no llenan el vacío de significado eterno para nuestras vidas.

No tiene por qué ser así, no somos una “cosa” más en este vasto universo, somos especiales, tanto que Dios mismo vino a habitar entre nosotros hace ya más de 2000 años, con la misión de darle un significado verdadero a nuestras vidas: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La muerte no es el fin para los que creemos en Jesús como nuestro Señor y Salvador, sino tan sólo un paso adicional para estar más cerca de nuestro amado Señor.  Así como lo expresó Esteban en sus momentos finales: “¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!” (Hechos 7:59); sólo los que creen en Jesús pueden morir con gozo y entusiasmo.

1. Debido a que Jesús murió por nuestros pecados y resucitó de la tumba, los que creemos en Él tenemos una esperanza viva (1 Corintios 15:51-58).

2. La muerte es el último capítulo del tiempo en este mundo y el primero en la eternidad.

HG/MD

“Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos ardientemente al Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).