Este devocional forma parte de la serie: Esperanza en Dios.
Lectura: 1 Juan 3:1-3
Antes de recibir una visita muy querida, una familia ordena la casa con especial cuidado. No limpia para comprar el cariño del visitante, sino porque lo ama y desea estar preparada. De manera semejante, la esperanza cristiana no nos vuelve indiferentes a la forma como vivimos. Mirar hacia el encuentro con Cristo transforma nuestras decisiones presentes.
Juan invita a contemplar el amor del Padre: somos llamados hijos de Dios. Nuestra identidad no se basa en la aprobación del mundo ni en nuestros logros, sino en la gracia que nos unió a Cristo. Aunque todavía no se ha manifestado plenamente lo que seremos, sabemos que cuando el Señor se manifieste seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es.
Esta esperanza futura tiene una consecuencia inmediata: «Todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo». No significa que alcanzaremos perfección sin pecado en esta vida. Significa que quien espera ver a Cristo no puede sentirse cómodo haciendo las paces con aquello que lo deshonra. La esperanza produce vigilancia, confesión y deseo de crecer en santidad.
Algunas personas imaginan el futuro cristiano como una excusa para descuidar el presente. La Biblia enseña lo contrario. Porque veremos al Señor, cuidamos lo que miramos, decimos y hacemos. No obedecemos para convertirnos en hijos, sino porque el Padre ya nos ha recibido. La esperanza no sólo consuela cuando sufrimos; también confronta cuando pecamos y nos impulsa a vivir de una manera coherente con la familia a la que pertenecemos.
Puntos para la reflexión:
1. Identifica un hábito que contradice la vida de un hijo de Dios. Establece una medida concreta para limitarlo o abandonarlo y compártela con alguien que pueda acompañarte.
2. Antes de una decisión importante esta semana, pregúntate: «¿Me sentiría tranquilo presentando esto delante de Cristo?». Actúa de acuerdo con la respuesta bíblica.
Versículo para memorizar:
«Y todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él también es puro». 1 Juan 3:3 – RVA-2015.
Oración final
Padre, gracias por llamarme hijo tuyo por medio de Cristo. Haz que la esperanza de verlo transforme mis decisiones presentes. Muéstrame los hábitos que debo abandonar y dame valentía para tomar medidas concretas. No quiero obedecer para comprar tu amor, sino vivir en santidad porque ya me has recibido en tu familia. Amén.
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