Arqueología e Historia

El concepto hebreo de desierto

Abundan los términos hebreos para designar el desierto; en cada uno de ellos pueden advertirse diferentes acepciones que enriquecen considerablemente el concepto. En la Palestina bíblica se entendía por «desierto» no la típica región arenosa, sino los suelos desprovistos de vegetación, o dicho de otro modo, la zona de transición entre el campo cultivado o cultivable y el totalmente inculto, debido a sus características geológicas o falta de lluvia.

1.   Topografía.

2.   Desiertos palestinos.

3.   Desierto y pueblo elegido.

4.   Jesús y el desierto.

5.   La mujer en el desierto.

I. TOPOGRAFÍA.

La palabra más común para referirse al desierto en heb. es 4057 midbar, מִדְּבָּר; Sept. 2048 éremos, ἔρημος = «llanura abierta, no cultivada», es decir, un lugar silvestre donde los animales salvajes vagan en libertad (Job 24:5); «tierra no sembrada… tierra árida y de hoyos, tierra reseca» (Jer. 2:2, 6); aunque los pastores utilizaban sus bordes de maleza baja para alimentar sus rebaños (cf. Ex. 3:1), de hecho, el nombre deriva de dabar, דבר = «llevar», alusión a la costumbre de los pastores de llevar sus rebaños a esos lugares a pastar por la mañana y por la noche: «Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán» (Jl. 2:22).

Desierto es el nombre comúnmente aplicado al territorio que dista entre Palestina y Egipto, incluyendo la Península del Sinaí, en el cual los israelitas peregrinaron durante años (cf. Gn. 21:14, 21; Ex. 3:1; 4:27; 5:3; 19:2; Nm. 33:15, 16; Jos. 1:6, Jer. 2:2–6; etc.). No es un lugar arenoso, sino montañoso; su escaso suelo apenas si produce algo de hierba y vegetación. El agua escasea y las fuentes son raras. Se sabe que hubo un tiempo cuando esta península era más fértil y albergaba buen número de pueblos nómadas.

Midbar también se utiliza para designar el desierto de Arabia; gral. con artículo: «el desierto» (hammidbar, הַמִּדְבָּר, 1 R. 9:18). No se trata de un lugar arenoso, sino de una vasta llanura ondulada y seca durante verano y otoño; en invierno y principios de primavera ofrece buenos pastos para el ganado: «Se visten los llanos de manadas» (Sal. 65:13; cf. Lc. 15:4); «fuego consumió los pastos del desierto» (Jl. 1:19).

El desierto de Judá se refiere a la región montañosa en el lado oeste de la orilla del > mar Muerto, donde > David alimentaba los rebaños de su padre, y donde se escondió de > Saúl (1 Sam. 17:28; 26:2 ss.). Juan el Bautista predicaba en el «desierto», es decir, en terreno abierto y despoblado, igual que Jesús alimentó a las multitudes en el desierto de la región del mar Muerto (Mt. 3:3; 15:33).

El siguiente término heb. es arabah, עֲרָבָה, de arab, עָרַב = «seco»; Sept. Arabá, Ἀραβά y dysmé, δυσμή, llanura o región árida (Is. 35:1, 6; 51:3). Acompañado del artículo determinado (haarabah, הָעֲרָבָה) designa la llanura o depresión del Jordán y del mar Muerto (Ez. 47:8; 2 Sam. 2:29); en este caso se transcribe con el nombre propio geográfico Arabá, llamado por los griegos Aulón, Αὐλών.

Le sigue la palabra heb. yeshimón, יְשִׁימוֹן, de yasham, יָשָׁם, «no cultivado»; Sept. ánydros, ἄνυδρος y éremos, ἔρημος, región desolada y desprovista de cultivos (Dt. 32:10; Sal. 48:7; 78:40; 106:14; Is. 43:19, 20). Si el artículo definido se une como prefijo al nombre, este último se debería traducir por el nombre propio de > Jesimón (Nm. 21:20). Se aplica especialmente al desierto peninsular de Arabia, donde los israelitas anduvieron con Moisés (Nm. 21:20; 23:28). Este fue el desierto más terrible experimentado por los israelitas y el único desierto real existente en sus inmediaciones.

Por último, el término heb. 2724 jarbah, חָרְבָּה, de 2720 jarab, חרב, «secar» y de ahí «desolar»; Sept. éremos, ἔρημος, regiones sin cultivar, lugares desolados (Is. 48:21; Sal. 102:7; Ez. 13:4). Se aplica generalmente a lo «desolado» por la acción del hombre (Esd. 9:9; Sal. 109:10; Is. 44:26; 51:3; 52:9; Jer. 49:13; Ez. 26:20; 23:24, 27; 36:4; Dan. 9:2).

II. DESIERTOS PALESTINOS.

Aparte de los ya dichos, la Escritura menciona los siguientes desiertos:

1) desierto de Etam o Shur (Nm. 33:8; Ex. 15:22).

2) desierto de Parán (Nm. 10:12; 13:3).

3) desierto de Sinaí (Ex. 19).

4) desierto de Sin, entre Elim y Sinaí (Ex. 16:1).

5) desierto de Zin (Nm. 20:1). Estos dos últimos prob. son nombres diferentes del mismo gran desierto arábigo.

6) desierto de Judá, o Judea (Lc. 1:80).

7) desierto montañoso de Zif (1 Sam. 23:14, 15).

8) desierto de En-guedi (Jos. 15:62).

9) desierto del Carmelo (Jos. 15:55).

10) desierto de Maón, en el Arabá, al sur de Jesimón (1 Sam. 23:24).

11) desierto de Tecoa (2 Cro. 20:20), prob. una parte del desierto de Judá.

12) desierto de Jericó, entre el monte de los Olivos y la ciudad del mismo nombre (Jer. 52:8).

13) desierto de Bet-avén, que parece ser una parte de la montaña de Efraín (Jos. 18:12).

14) desierto de Damasco (1 R. 19:15), el mismo que el desierto de Siria, donde Salomón reedificó Tadmor (1 R. 9:18).

Desierto del Néguev de Israel desde el mirador Mitzpe Ramon

III. DESIERTO Y PUEBLO ELEGIDO.

En el lenguaje bíblico, la aridez del desierto es símbolo de una tierra a la que Dios niega su bendición, privándola de la lluvia y de la fertilidad. Lugar de prueba, el desierto es símbolo de tentación y aprendizaje para mostrar lo que hay en el corazón (Dt. 8:2). En el desierto, desprovisto de tantas cosas elementales para la vida, el creyente tiene que aprender a depender de Dios y esperar en él. Los profetas consideraron la etapa del desierto como un momento idílico, el tiempo de los > desposorios de Israel con Dios, en absoluta dependencia y amor: «Me he acordado de ti, del cariño de tu juventud, del amor de tus desposorios, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en una tierra no sembrada» (Jer. 2:1–3). En el desierto Israel mantuvo, en principio, una relación «pura» con Yahvé, un idilio de amor. En aquella tierra «no sembrada» Israel dependía de Yahvé para su subsistencia. Él lo cuidó y les procuró calzado y vestido (Dt. 29:5), amén de la comida diaria, el maná. Cada familia obtenía el que necesitaba; ni sobraba ni faltaba; cada cual disponía de lo necesario, y quien intentó acaparar vió cómo se le pudría en el envase (Ex. 16:9–27). Israel tenía que aprender a esperar de Dios el pan de cada día, porque Yahvé exige una entrega sin reservas. En el desierto se consumó la elección de Dios y se completaron las bodas divinas. «Os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí» (Ex. 19:4). Dios mismo salvó al pueblo hebreo de su condición de hijos desamparados (Ez. 16:1–7).

En el desierto Dios se entrega por entero a su pueblo, lo que establece y condiciona su relación con él. Nadie puede interponerse entre Dios y el fiel, del mismo modo que nada detuvo la acción liberadora de Dios a favor de su pueblo, llevada a cabo por él mismo y ningún otro dios extraño o ajeno. «Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo amparó, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo… Yahvé solo le guió, y con él no hubo dios extraño» (Dt. 32:10–12).

En resumen, se puede decir que el desierto fue la cuna del pueblo elegido; allí se formó durante un período de 40 años, desde la salida de Egipto hasta la entrada en la Tierra Prometida, y allí se constituyó. Durante la estancia en el desierto, el pueblo entra en > alianza con Dios y recibe la Ley en el Sinaí. Es guiado por medio de una nube y columna de fuego, y alimentado con el maná. Es allí donde el «Dios de Abraham, Isaac y Jacob» se revela bajo el nombre de Yahvé, y por medio de Moisés lleva a cabo la formación inicial del pueblo hebreo en el aspecto religioso, moral, social, político y civil. Por eso en la memoria de Israel pervive el recuerdo del desierto como su período constitutivo y definitorio. Los hechos más destacados de la estancia en el desierto se actualizaban anualmente en las tres fiestas principales del calendario judío: > Pascua, > Pentecostés y > Tabernáculos, que conmemoraban respectivamente la salida de Egipto (Ex. 23:15), la promulgación de la Ley en el Sinaí 50 días después de cruzar el mar Rojo (Ex. 19:1) y la estancia en cabañas (Lv. 23:43). Todo esto llevó a asociar el desierto con la venida de los tiempos mesiánicos, por lo que en el judaísmo posterior algunos grupos protagonizaron huidas a zonas despobladas para repetir las experiencias de antaño con vistas a la inmediata intervención de Dios. Así hay que entender la migación de los > asideos (1 Mac. 2:29–30; 5.) y de los sectarios de > Qumrán, cuya vida, según confesión propia en dos pasajes importantes de la Regla de la Comunidad, prepara los caminos del Mesías en el desierto, según estaba profetizado por Is. 40:3 (1QS 8, 12ss.; 9, 20). A esta mentalidad obedecen los falsos profetas de que habla Josefo (Guerras, 11, 13, 4–5; Ant. 20, 5, 1; 20, 8, 10) y de los que se hace eco el NT (Mt. 24:26; Hch. 21:38), los cuales conducían a las multitudes al desierto para allí repetir los milagros del éxodo.

IV. JESÚS Y EL DESIERTO.

Los antiguos asociaban el desierto con los demonios; los hombres no podían sobrevivir mucho en semejante ambiente inhóspito, que produce un estado de ánimo por el que uno se siente perdido, privado de guía, perplejo y a merced de fuerzas extrañas, misteriosas y malvadas. La poesía árabe de los beduinos preislámicos canta el desafío del desierto que rechaza al hombre, y también al hombre que conquista el desierto. La identificación de las tierras áridas con la maldición de Dios llevó a creer que las regiones salvajes eran el medio natural de las fuerzas del mal; una especie de infierno poblado de espíritus malignos (cf. Dt 8:15; Mt. 12:43; Lc. 11:24). La misma creencia era mantenida por los paganos (cf. Virgilio, Eneida 6, 27).

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto como una parte esencial de la prueba de su carácter mesiánico y su lucha con las fuerzas diabólicas (Mt. 4:1). Sus cuarenta días allí recuerdan los cuarenta años de la tentación y de la tribulación que Israel hubo de soportar en las tierras desoladas del Sinaí (Dt. 8:2–4, 6, 16; 6:13). En esta experiencia del desierto es donde Jesús se enfrenta con las fuerzas malignas que asedian a toda la humanidad en un auténtico período de prueba y de sufrimiento. Jesús se enfrenta victoriosamente con Satanás, el cual se aleja «hasta el tiempo oportuno» (Lc. 4:13). Allí Jesús venció los males de la condición de desierto en que el hombre se encuentra perdido y extraño en un mundo hostil. En las mismas circunstancias en que el pueblo elegido sucumbió, Cristo triunfó en tres victorias sucesivas. Siempre que Jesús se retire a «un lugar desierto» (Mc. 1:35, 45; 6:46; Lc. 4:42; 5:16; 9:10), lo hará para dar a Dios solo la gloria de sus milagros y para renovar en profundidad la elección hecha de una vez por todas.

Para W. Schmauss a la expresión del AT «en el desierto» corresponde en el NT la fórmula «en Cristo», es decir, Cristo significa para el pueblo de la nueva alianza la clave y resumen de la revelación, de la gracia y de la salvación, de modo que puede decirse que Cristo es para los cristianos lo que fue el desierto para los israelitas. Él es el lugar donde Dios se hace presente (Jn. 14:7); verdadero pan vivo bajado del cielo (Jn. 6:51), agua viva (Jn. 7:38), camino y luz que orientan en el día y la noche (Jn. 14:6), la serpiente levantada en alto para salvar a cuantos vuelven sus ojos a ella (Jn. 3:14), el nuevo Moisés (Heb. 2:2–3), etc. San Pablo también explicita la tipología del éxodo y el desierto mostrando que todos los israelitas atravesaron el mar, todos estuvieron bajo la nube, todos bebieron la misma agua, pero la mayor parte de ellos no agradó a Dios y sus cuerpos yacieron en el desierto (1 Cor. 10:1–5), de lo que deduce que no es posible agradar al Señor y ceder a las tentaciones que sedujeron a los padres: hay que morir a uno mismo a fin de vivir para el Señor.

Río Jordán, desierto de Judea
V. LA MUJER EN EL DESIERTO.

El vidente de Patmos habla de una mujer misteriosa que se vio obligada a huir al desierto para allí habitar y ser alimentada durante 1.260 días (Ap. 12:6, 13–14). Este curioso personaje destaca en el relato por la grandiosidad de su vestido, de su corona, y el estado de su sus pies. Se presenta en la situación culminante de la feminidad, a punto de ser madre, y desemboca en el alumbramiento de un hijo. Según la interpretación tradicional, esta mujer no es otra que la Iglesia del NT, la cual antes de entrar en la patria definitiva se ve sometida a un período de prueba en el desierto, interpretación que se quiere ver confirmada por Heb. 3–4, donde los cristianos que peregrinan hacia la felicidad escatológica son comparados a los israelitas en marcha por el desierto hacia la Tierra Prometida. Con todo, es más probable que se refiera a María, pues da a luz un niño tan importante para la Historia de la Salvación («un hijo varón que ha de guiar todas las naciones con cetro de hierro», v. 5), que el dragón se apostó delante de la mujer que estaba por dar a luz, a fin de devorar a su hijo (v. 4). El pasaje remite al > Paraíso. El > dragón, la serpiente antigua, venció a los primeros padres y fueron derrotados, pero en la «plenitud de los tiempos» otra mujer, María, ocupa el lugar de Eva para reparar la culpa de lo ocurrido al principio. Los 1.260 días son todo el período de la Iglesia en la Tierra, entre la Encarnación y el retorno de Jesús. Aquí el desierto es un lugar de seguridad y amorosa relación con Dios, como lo fue para Israel después de abandonar Egipto y escapar a la muerte de sus perseguidores. Al fracasar en su intento de destruir la simiente de la mujer, el Mesías, el dragón ataca a los «descendientes de ella, quienes guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo» (v. 17), que en sentido figurado denota a la Iglesia en el desierto.

Bibliografía: D. Barsotti, Espiritualidad del Éxodo (Sígueme1968); O. Böcher, “Desierto”, en DTNT (Sígueme 1980); A. Bonora, “Desierto”, en NDTB, 426 434; G. Camps, “Desierto”, en EB II, 863–867; E. Farfán Navarro, “El desierto transformado: una imagen deuteroisaiana de regeneración” Analecta Biblica 130 (Pontificium Institutum Biblicum, 1992); A. González Lamadrid, “Desierto”, en GER 7, 595–596; E. Goutagny, El camino real del desierto (EMC, Burgos 2000); F. M. López Melús, Desierto: Una experiencia de gracia (Sígueme 1997); G. Pelliccia, R. Lack y S. De Fiores, “Desierto”, en NDE, 337–347; C. Sevilla Jiménez, El desierto en el profeta Oseas (EVD 2002); C. Thomas, “Desierto”, en VTB, 226–229; V. Serrano, El desierto. Llamada-encuentro-misión (ES 2006).[1]


[1] A. Ropero, «DESIERTO», ed. Alfonso Ropero Berzosa, Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia (Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2013), 596–598.