Lectura: Filipenses 4:4-13

Hace varios años me mudé de casa, a un lugar lejano, sin embargo he viajado muchas veces a mi pueblo natal, a menudo permanezco con las mismas familias con las que crecí. Una familia que vivía en una propiedad en el campo, tenía siempre preparada para mí, una pequeña habitación en la parte superior de su casa.

Nunca olvidaré una visita, en la que como de costumbre, arrastré mi maleta por aquellas escaleras familiares.  Esta vez, sin embargo, existía una carga secreta en mi corazón, que se sentía más pesada que mi equipaje.  Al acercarme a la parte superior de las escaleras, vi una placa vieja que había olvidado. La cual decía:

¿Has orado al respecto?

Jadeante físicamente y espiritualmente, tuve que admitir: “¡No, no lo he hecho!” Así que me puse de rodillas y finalmente hablé con Dios sobre el problema.

A pesar de que sabía que no debía estar ansiosa por nada, me había convertido en una persona que tenía ansiedad acerca de todo.  En lugar de orar por todo, yo no había orado por nada.  Sin embargo ahora, a través de la oración, mi pesada carga de preocupaciones Dios la había convertido algo ligero de llevar y Su regalo la paz, ahora sí estaba en mi corazón.

En su libro: “La tiranía de lo urgente”, Charles Hummel escribe que si no oramos, lo que estamos diciendo, con nuestras acciones, y no necesariamente con nuestros labios, es que nosotros no necesitamos a Dios. El factor decisivo en la forma en que llevamos nuestras cargas se encuentra en nuestra forma en que respondemos a la pregunta sobre que aquella antigua placa:

  1. ¿Has orado al respecto?
  1. Un creyente que no ora, es un creyente sin poder.

NPD/JY