Lectura: Proverbios 11:1-6

Siempre recordaré el día en que de niño me encontré con dos monedas en el patio de la escuela. Yo las traje a casa, pensando en que no se perdieran.  Pero mamá me hizo que se las entregara a mi maestro. “Pertenecen a otra persona,” Me dijo mi madre. Desde entonces, Dios me ha recordado a menudo esta lección temprana de honestidad.

Por ejemplo, recientemente, yo estaba poniendo las bolsas de comestibles en mi auto, y descubrí en el fondo de la cesta una tarjeta de felicitación que no había pagado. Me dirigí de nuevo a la caja registradora, esperé en la fila, me disculpe con la cajera, y pagué por la tarjeta.   Un hombre detrás de mí, mirando atónito, me criticó: “¡No es más que una tarjeta de felicitación! ¿Quién lo hubiera sabido? ¿No crees que eres un poco tonto al volverla?”

Por una fracción de segundo me sentí como un tonto.  Pero estas palabras vinieron a mi mente: “Si alguna vez pierdes tu billetera”, le contesté sonriendo: “¡Yo creo que esperarías que alguien tonto como yo, la encuentre!”

Proverbios 11 nos recuerda que el Señor se deleita en la honestidad (Prov.11:1) y bendice a los que hacen lo que es correcto (Prov.11:6). Así que, es posible renunciar a lo que parece ser dinero fácil, ganando con esto la aprobación de Dios. Eso vale mucho más que todas las riquezas del mundo.  ¡La honestidad realmente vale la pena!

1. Cada día es una oportunidad para mostrar nuestra honestidad, pues no sabemos cuándo necesitamos que otros la noten, haciendo lo correcto y verdadero.

2. La recompensa por la honestidad es algo que el dinero no puede comprar, una conciencia limpia ante Dios.

NPD/YD