Este devocional forma parte de la serie: Más que un Libro.
Lectura bíblica: Romanos 3:1-4
Cuando alguien te confía algo de enorme valor, la confianza trae responsabilidad. Tal vez te han entregado las llaves de una casa, documentos importantes o un objeto familiar que ha pasado por diferentes manos a través de las generaciones. No lo tratas como algo común. Pablo habla de una responsabilidad mucho mayor cuando afirma que a Israel le fueron confiadas las palabras de Dios.
El Antiguo Testamento surgió dentro de la historia del pueblo de Israel. Allí encontramos la Ley, los Profetas y los Escritos que narran la relación de Dios con su pueblo, sus promesas, sus juicios, su misericordia y la expectativa de su obra redentora. Esos textos fueron leídos, enseñados y copiados a lo largo de generaciones. La preservación no fue solamente una tarea técnica. Estaba unida a la convicción de que aquello que se transmitía tenía una importancia sagrada.
Pero recibir un privilegio no garantiza obediencia. Romanos 3 recuerda precisamente que la infidelidad humana no anula la fidelidad de Dios. Israel poseía las palabras de Dios y, aun así, la historia bíblica muestra momentos de olvido, idolatría y desobediencia. Esa tensión debería hablarnos directamente. Nosotros podemos tener más acceso a la Biblia que muchas generaciones anteriores y aun así dejar que otras voces gobiernen nuestras decisiones.
Piensa en la cantidad de maneras en que hoy puedes acceder a la Escritura: una Biblia impresa, una aplicación, audio, búsquedas instantáneas, planes de lectura. El problema principal ya no suele ser encontrar un ejemplar; es permitir que la Palabra tenga peso en nosotros. A quien recibe mucho, se le pide una respuesta. La Biblia no es solamente un privilegio cultural heredado. Es una responsabilidad espiritual: escucharla, comprenderla, enseñarla fielmente y vivir conforme a ella.
Ese principio de mayordomía puede aplicarse a cada generación. Recibir la Palabra significa también enseñarla con responsabilidad. Una familia puede tener varias Biblias y, sin embargo, no conversar nunca acerca de ellas. Una iglesia puede defender con fuerza la inspiración y, al mismo tiempo, permitir que sus miembros permanezcan bíblicamente débiles. La mejor manera de honrar un tesoro confiado no es guardarlo detrás de una vitrina, sino conocerlo, vivirlo y transmitirlo de manera que otros puedan reconocer en nuestras vidas la sabiduría de Dios.
Conclusión. Dios confió su Palabra a generaciones antes que nosotros. Hoy la tenemos en nuestras manos, y ese privilegio también nos llama a ser fieles.
Puntos para la reflexión
- Examina cuánto tiempo y atención das a otras voces comparado con el tiempo que dedicas a la Palabra de Dios.
- Comparte esta semana un pasaje bíblico con alguien y explica brevemente por qué ha sido importante para ti.
Versículo para memorizar: “Mucho, en todo sentido. Primeramente, que las palabras de Dios les han sido confiadas”. Romanos 3:2 (RVA-2015)
Oremos. Señor, gracias por el privilegio de tener acceso a tu Palabra. Líbrame de tratarla como algo común y hazme fiel para escucharla, guardarla y compartirla. Amén.
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