Este devocional forma parte de la serie: Más que un Libro.
Lectura: Nehemías 8:1-8
Una traducción nace porque alguien quiere que otra persona entienda. Siglos antes del nacimiento de Jesús, muchos judíos vivían fuera de la tierra de Israel y utilizaban el griego como lengua cotidiana. En ese contexto comenzó la traducción de las Escrituras hebreas al griego, obra que conocemos como la Septuaginta. Su historia se desarrolló a lo largo del tiempo, pero su existencia muestra una convicción sencilla: el mensaje debía ser accesible para quienes ya no leían hebreo con facilidad.
El principio aparece mucho antes en Nehemías 8. El pueblo se reúne para escuchar la Ley y los levitas explican y aclaran el sentido “de modo que entendieran la lectura”. La meta no era producir una ceremonia impresionante donde nadie comprendiera. La Palabra debía ser entendida. Cuando el pueblo comprendió, respondió con emoción, adoración y obediencia.
La traducción bíblica siempre implica decisiones. Una palabra puede tener varios matices; una expresión antigua puede no tener equivalente exacto; las estructuras de un idioma no funcionan igual en otro. Por eso una buena traducción exige conocimiento, humildad y revisión. Lejos de disminuir el valor de la Escritura, este trabajo refleja el deseo de comunicar con claridad el sentido del texto original.
También nos confronta. Es posible tener una Biblia en nuestro idioma y seguir sin entender porque leemos sin atención, ignoramos el contexto o nunca preguntamos. Dios no nos llama a repetir versículos aisladamente, sino a comprenderlos para aprender principios aplicables para nuestro tiempo. Si un pasaje es difícil, no lo abandones. Lee su contexto: en qué época fue escrito, quien lo escribió, para quién lo escribió, compara referencias, pregunta a creyentes maduros, utiliza herramientas confiables y vuelve al texto. La meta no es impresionar a otros con palabras técnicas. Es entender para vivir.
Toda traducción implica decisiones porque ninguna lengua encaja palabra por palabra con otra. Eso no debería producir sospecha automática, sino gratitud y responsabilidad. Podemos comparar traducciones confiables, consultar notas y recordar que detrás de una frase en español existe un texto escrito en otra lengua y cultura. Cuando una expresión parece extraña, en vez de construir una doctrina sobre una palabra aislada, podemos detenernos y aprender. La claridad de muchas traducciones es un regalo; la humildad para reconocer sus límites también lo es.
Conclusión. Desde la antigüedad, traducir y explicar ha servido al mismo propósito: que las personas entiendan la Palabra de Dios y puedan responder conforme a ella.
Puntos para la reflexión
- Escoge hoy un pasaje que siempre te haya parecido difícil y comienza por leer su capítulo completo antes de consultar explicaciones.
- Cuando enseñes un texto bíblico, procura que las personas entiendan su sentido, no que simplemente admiren cuánto sabes.
Versículo para memorizar: “Ellos leían en el libro de la Ley de Dios, explicando y aclarando el sentido de modo que entendieran la lectura.” (Nehemías 8:8 – RVA-2015)
Oremos. Señor, gracias por quienes han trabajado para que tu Palabra pueda entenderse en muchos idiomas. Dame claridad para comprenderla y sencillez para explicarla fielmente. Amén.
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