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por | Jun 10, 2024 | Devocionales | 0 Comentarios

Lectura: Eclesiastés 5:13-20

Con mucho esfuerzo un hombre había adquirido la casa que siempre había soñado, era ciertamente encantadora y con cierta cantidad de lujos. Pero, sus sentimientos en cuanto a la casa empezaron a fluctuar con el correr de los años. Ciertamente veía la casa como un regalo bondadoso de Dios, se sentía gozoso y agradecido; no obstante, con el tiempo empezó a compararla con las de sus amigos, y mientras lo hacía su gozo poco a poco desaparecía.

Tener una casa de ese tipo empezó a convertirse en una carga. Lo único que podía ver era el dinero saliendo de su bolsillo por pagos para mantenimiento, cuido de plantas y árboles, y una interminable cantidad de tareas complicadas que había que hacer, y por las cuales la mayoría de sus amigos no tenían que preocuparse.

El escritor de Eclesiastés veía a Dios en cada aspecto del disfrute de las cosas materiales. La capacidad de comer del fruto de nuestro trabajo e incluso la fuerza para recibirlos y disfrutar de ellos, provienen del Señor (5:18-19). Sin lugar a duda, de principio a fin, todas las cosas de esta vida son un regalo constante de parte de Dios. No merecemos nada.  El Señor no nos debe nada tampoco. Sin embargo, nos da más de lo que merecemos.  

Si recordamos esto no tenemos por qué sentirnos egoístas ni culpables. Todas las bendiciones temporales que disfrutamos son una dádiva de nuestro Dios bondadoso, pero aún más importante y por qué debemos estar más agradecidos, son las bendiciones espirituales con las que Él nos bendice.

  1. Debemos recordar siempre que las cosas de este mundo son temporales y por ende no debemos obsesionarnos con ellas, por el contrario, son tan sólo un medio para nuestra subsistencia en este mundo; en la medida de lo posible debemos ser dadivosos con las bendiciones recibidas (Gálatas 6:10).
  2. El contentamiento en esta vida es directamente proporcional a nuestra relación con Dios.

HG/MD

“Por lo tanto, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

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