Lectura: 1 Juan 4:7-11

Una pareja de adultos mayores estaban sentados en su casa disfrutando de los años de pensión luego de muchos años de arduo trabajo; su casa era cómoda y vivían dentro de los estándares de cualquier persona de clase media, no con lujos pero si con la tranquilidad que dan los ahorros.   La casa estaba llena de recuerdos de todos sus años como familia, pero tenían un “tesoro” especial que apreciaban más que los otros.

Este tesoro era más valioso que cualquier posesión, pues contenía el regalo de su nieta que se los había entregado cuando tenía tan sólo 5 años, y el cual consistía en un pequeño corazón de cerámica, con unas letras infantiles hechas a mano que decían “¡Te amo mamá!”  Aquel pequeño corazón era muy tosco y estaba ya descolorido, pero la anciana lo había guardado en una pequeña caja, que tan solo al verla, aun sin abrirla, le recordaba el amor de su nieta quien se había convertido en toda una mujer.

Quisiera hacerte una pregunta: “¿El amor de Dios es más valioso para ti que el dinero, el oro o cualquier posesión o recuerdo?  Antes de que respondas recuerda: “Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Juan 4:9).  Lo hizo porque te ama, no porque tú lo amaras a Él; y a causa de ese amor Dios entregó su vida voluntariamente por ti, con el fin de que tuvieras la posibilidad de ser perdonado y obtener vida eterna.

  1. ¡No hay tesoro más grande que el amor de Dios!
  2. La fuente de la vida eterna es el amor de Dios expresado en la vida de Jesús, nuestro Señor y Salvador.

HG/MD

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).