Lectura: Proverbios 31:10-31

Una maestra enseñó una lección a su clase de segundo de primaria sobre los imanes y lo que estos hacen.   Al día siguiente, en un examen escrito, incluyó la siguiente pregunta: Mi nombre tiene cuatro letras, entre ellas la “m”.  Recojo cosas.  ¿Qué soy?   Cuando los niños entregaron los exámenes, la maestra se quedó pasmada al ver que casi la mitad de ellos contestó la pregunta con la palabra: Mamá.

Si, las mamás recogen cosas.  Pero son mucho más que “imanes” que reúnen ropas y que levantan los juguetes del suelo por toda la casa.  Por muy dispuestas que estén muchas mamás a hacer esas tareas tienen un llamamiento más elevado que ese.

Una buena madre que ama a su familia le proporciona una atmósfera donde cada miembro halla aceptación, seguridad y comprensión.  Está presente cuando los hijos necesitan a alguien que los escuche, brinda palabras de consuelo, un abrazo cálido o un toque lleno de amor sobre una frente caliente por la fiebre.  Y para la madre creyente, su mayor gozo es enseñar a sus hijos a confiar en Cristo y a amarlo como Salvador.

Las madres así merecen que se las honre, no únicamente en un día especial, sino todos los días.  Y ese reconocimiento debería ser más que palabras: debe mostrarse por medio del respecto, así como una ayuda oportuna cuando lo solicite o cuando veamos que está cansada por sus múltiples quehaceres llenos de amor y delicadeza.

  1. Las madres que aman a Dios, no sólo educan, sino que también conducen a Cristo.

 

  1. ¿Y tú, cómo honras a tu madre? ¿Qué haces para facilitarle su trabajo?

 

  1. ¡Muchas gracias mamá!

 

NPD/RWD