Lectura: 1 Corintios 3:5-15

Puede que algunas veces nos desalentemos porque lo que estamos haciendo para el Señor parece no tener éxito. Los niños en la escuela dominical donde enseñamos son inquietos y distraídos. Los vecinos a los que estamos tratando de alcanzar con el evangelio son amablemente indiferentes. Los miembros de nuestra propia familia están lejos del Señor. El mundo que elevamos a Dios en ferviente intercesión se hace cada vez más violento y anticristiano. Todo esto puede resultar en un profundo desaliento del alma.

Escucha las palabras de un clérigo salvadoreño quien fue asesinado por su intrépida denuncia contra la violencia y la injusticia. El escribió: “Plantamos las semillas que un día crecerán. Regamos las semillas ya plantadas, sabiendo que llevan en sí una promesa futura.  Echamos los cimientos que necesitarán un mayor desarrollo… No podemos hacerlo todo, y hay una sensación de liberación al darnos cuenta de ello.”  Esta actitud nos ayuda a hacer cosas pequeñas y a dejar “una oportunidad para que la gracia del Señor entre y haga el resto.”

Eso concuerda con el aliento que nos da el apóstol Pablo a ser fieles en nuestras tareas y a esperar en Dios quien “da el crecimiento” (1 Corintios 3:6-7).

No permitas que el desaliento te haga renunciar.  Nuestro trabajo llevará fruto en el propio tiempo de Dios.

1. Todos en algún momento de nuestro andar en Cristo nos hemos sentido desalentados porque nuestros esfuerzos no ven luz o no resultan como deseamos.  ¿Cómo has lidiado frente a esa frustración?

2. ¿Le entregas a Dios cada día en oración, los esfuerzos por alcanzar a otros? ¿Estás sembrando? Recuerda siempre el crecimiento lo da Dios.

NPD/VCG